::   REFLEXIONES   ::

YA NI LOS PERROS AULLAN

Hace una semana la Tijuana que aparece siempre en primera plana, entró a mi casa. Esa realidad que creemos distante, ese baño de sangre que pregonan las noticias, tocó mi puerta y sacudió a mis vecinos. A mi fraccionamiento entró un grupo de delincuentes y abrió fuego sobre una casa. Cuando llegué, apenas media hora después del incidente, aun pude contar a 13 patrullas acordonando la zona. Nadie estaba en su hogar, todos salieron para ser testigos y murmurar sobre lo sucedido. Una hora después todo había vuelto a la normalidad, todo quedó en un susto.

Media hora más tarde veía una película en mi habitación, cuando se escuchó una ráfaga, a ésta siguieron varias durante diez minutos. Lo curioso fue que en cuanto sonó la primera ola de detonaciones mi reacción instantánea fue asomar la cabeza por la ventana para ver si alcanzaba a ver algo, ubicar si los tiros eran dentro o fuera del fraccionamiento. Pero no fui el único curioso, pues mis vecinos de alado salieron en pijamas por el balcón, un instante después dos casas de enfrente se iluminaron y pude ver varios rostros conocidos. Entonces las patrullas encendieron sus sirenas y se perdieron a la distancia.

Cuando el silencio volvió, tuve tiempo para analizar lo sucedido y refrescar mi memoria. Volví al día de la narco masacre en el bulevar Insurgentes, en donde decenas de sicarios se desbarataron unos a otros. Recuerdo que yo estaba en casa de unos vecinos cuando comenzamos a escuchar el escandaloso tiroteo. Nuestra primera reacción fue echarnos al suelo y le dije a mi vecina que alejara a los niños de las ventanas. El enfrentamiento fue a varios kilómetros de nosotros, pero se escuchaba con tanta claridad que no podíamos identificar su procedencia y creímos que era a sólo unas cuadras de la colonia. Veinte minutos estuvimos ocultos tras una cama, tirados en el piso bocarriba, esperando que ninguna bala perdida pudiese alcanzarnos. Los perros se volvieron locos por las patrullas y las metrallas y nadie salió de sus casas.

Pero ahora, en una ciudad donde cada día descuartizan a alguien, donde todas las noticias son de ejecuciones, colgados, empozolados y las balaceras son tan comunes como el silbido matutino del tren... ya nada nos espanta. Hemos perdido el miedo, el respeto al peligro y la muerte. Pero más aun me espanta el darme cuenta que los perros que viven en mi privada, por inaudito que parezca, ¡ya no aúllan cuando escuchan sirenas! Se han acostumbrado tanto a ese sonido que ya no los inquieta, ni excita más.

Al día siguiente, regresaron los sicarios a rafaguear la misma casa, pero esta vez asesinaron a una vecina que caminaba distraída, hirieron a un niño de cinco años y lastimaron a mucha gente. Los policías llegaron armados hasta los dientes, pero ya todo había pasado. Los vecinos les pedían que se quedaran a cuidarnos, pero ellos tenían otras prioridades. El presidente de la colonia les había hecho la misma petición un día antes, pero ellos contestaron que no podían cuidarnos las 24 horas y gracias a eso, nuestra inocente vecina perdió la vida. “¡Si nos van a abandonar a nuestra suerte, al menos déjenos las armas para defendernos!” -le gritó indignado el jefe de vecinos a los encapuchados, pero sólo se escucharon algunas sordas risas.

Hoy recuerdo con encono lo que el Secretario de Turismo del Estado (fulanito de Tal por cual), dijo en entrevista ante la Asociacion de Periodistas de B.C.: “En Brasil matan más gente que en México y nadie hace tanto escándalo al respecto”. Si nos van a comparar, ojalá que sea son Suiza, Canadá, Australia o Costa Rica, pues leyendo periódicos y analizando estadísticas criminales de estos países quizá recuperemos la sensibilidad y la capacidad de asombro que nos ha arrebatado la guerra en la que tan plácidamente vivimos.

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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