::   REFLEXIONES   ::

TITULADOS PARA FRACASAR

Una amiga maestra me pidió que la supliera en una clase universitaria, un día en que sus alumnos iban a presentar una exposición. Mi misión era calificar dicho trabajo y mi condición fue el que me dejara utilizar mis propios criterios de evaluación.

Arrastrando la tradición de la secundaria, a nivel universitario los estudiantes en lugar de las coloridas cartulinas, llevan proyectores o cañones para exhibir coloridas filminas. Los “post-it” o en el mejor de los casos tarjetitas de referencia no son más que un resumen de la parte del tema que les toca presentar, ya que cada miembro del equipo presenta sólo un par de párrafos del tema en general, pero para evitar la molestia de estudiarlo, se paran al frente para darle lectura a lo que ni siquiera ellos mismos comprendieron. Al final sus compañeros les aplauden, haciendo como que entendieron y en esta complicidad nadie aprende.

Cuando llegué al salón, les pedí que desconectaran el proyector y me entregaran sus tarjetitas. Les solicité que se pararan al frente y haciendo uso solamente del pintarrón y un plumón, hicieran su exposición. Obviamente ninguno de los alumnos aceptó, pues nadie había estudiado ni su propio tema. Mientras se animaban a participar les pedí que entregaran el trabajo escrito: uno de ellos no lo traía y otra muchacha me pidió permiso para ir a imprimirlo a mitad de clase.

Finalmente accedí a que expusieran con tarjetitas en mano. Por supuesto la mayoría se limitó a leer y tristemente descubrí que ni eso podían hacer de manera correcta, pues leían con faltas de ortografía y cambiaban unas palabras por otras. Al preguntarles sobre lo expuesto en muchos casos se limitaban a levantar los hombros y referir que “así venía en el libro”, curiosamente la clase entera aseguraba que el tema había quedado perfectamente claro.

Antes de terminar la clase, la alumna que salió a imprimir su tarea regresó y expuso la parte que le tocaba. Sin saberse dirigir, hablando entre dientes, dando información equivocada y reduciendo su tiempo de exposición de 15 minutos a sólo cuatro. Después de ella dos estudiantes se negaron rotundamente a exponer, alegando que no sabían hacerlo de esa forma, ya que lo que iban a leer estaba en las filminas que no les permití proyectar. Uno más se levantó con el libro en mano y leyó textualmente dos páginas... en fin, mi desilusión era ya enorme así que agradecí a los alumnos su esfuerzo pues dos de ellos medianamente pudieron dar la clase y hasta lanzaron preguntas a sus compañeros a la vez que dibujaron diagramas en el pintarrón. Al final yo di el tema completo y aclaré dudas.

Al momento de calificar, los expositores se levantaron en armas, pues la mayoría consideraba que un 6 o un 7 era muy poco para ellos. La alumna que salió a imprimir su tarea, altaneramente, me exigió que se la valiera al 100% y no a la mitad, cuando ni siquiera debí habérsela recibido. Finalmente a modo de ejercicio y reflexión, a cada uno le pregunté que calificación quería, y todos me pidieron mínimo un ocho o nueve, ¡incluso los que no expusieron! La desvergonzada de la impresión tardía me reclamó el 10 y se lo puse. Sólo un humilde muchacho aceptó su 8 y no pidió más. Nunca imaginé que tuvieran el cinismo de pedir una calificación que no se ganaron, pero a mí nada me costaba regalarles un número. Pensé que su recompensa llegaría el día en que alguno de ellos llegue a pedir trabajo o sea despedido por incompetente y mediocre. Lo único que me atemoriza es que alguno de ellos por compadrazgo se convierta en funcionario público o dirija una empresa, pues seguramente muchos de los ineptos que hoy nos gobiernan se acostumbraron en un momento a ganarse las cosas y hasta el salario sin ningún esfuerzo. ¿Cómo puede México competir con el mundo, generando profesionistas de esta naturaleza?

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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