::   REFLEXIONES   ::

TIENEN MIEDO, TIENEN MIEDO

Cada tres cuadras en Tijuana, nos encontramos con convoys de patrullas con agentes, armados hasta los meñiques y encapuchados de pies a cabeza. En términos generales, estos guardianes del orden son respetuosos, pero a todo aquel a quien según su juicio consideran sospechoso, le piden orillarse y le revisan hasta las paredes intestinales... Recuerdo que las autoridades dijeron que los elementos se taparían el rostro para proteger sus identidades en contra de las posibles represalias del crimen organizado y hasta cierto punto parecía razonable, pero entonces me pregunté: ¿me dedicaría yo a limpiar cristales de rascacielos si fuese acrofóbico, cuidaría gatos siendo asmático o mejor aún, me contrataría alguien para hacer trapecismo si me presentara protegido con uniforme de futbol americano, quitándole así todo riesgo y emoción al acto? Lo más probable es que no sería posible dedicarme a nada para lo que no tuviera la capacidad o el coraje necesario. Sin embargo nuestros encapuchados, atemorizados por los riesgos del oficio para el cual voluntariamente aplicaron, pretenden gozar las mieles sin saborear las hieles de su trabajo que ya en sí es bien pagado y del cual reciben muchos beneficios, como la facultad de detener a cualquiera que les parezca de apariencia antisocial o simplemente les caiga gordo, el “derecho” de estar al margen de la ley y actuar en contra del artículo 16 Constitucional al molestar a cualquier persona sin mandamiento escrito por autoridad competente, sólo por ejemplificar.

Para dedicarse al oficio de la seguridad pública se requiere cierto perfil, aptitudes y por supuesto la decisión de asumir el riesgo inherente, pero jocosamente las autoridades quieren tener todos los beneficios sin asumir ninguno de los riesgos, a costa del ciudadano que es víctima directa del crimen organizado pero NO tiene el DERECHO de CUBRIRSE EL ROSTRO para protegerse y mucho menos el de portar armas para repeler un ataque de malandrines narcotizados o policías encapuchados. Así como no debería haber nutriólogos obesos, psicólogos delirantes o niñeros pedófilos, tampoco debería haber agentes acobardados. Humanamente es razonable que tengan miedo, pero nadie los obliga a dedicarse a ese peligroso oficio. Porque si el miedo justifica el anonimato, entonces vamos a encapuchar a los presidentes municipales, delegados, procuradores, policías auxiliares e incluso guardias de seguridad privada, porque también estos últimos trabajan por nuestra seguridad con el único beneficio de su precario salario. Con esta lógica, médicos, empresarios, taxistas y todo aquel que se sienta amenazado debería andar enmascarado. ¿Acaso las autoridades son por decreto presidencial como los becerros de mi pueblo que creen que pueden tomar de la ubre y al mismo tiempo dar de topes?

Los encapuchados se han ganado respeto, porque inspiran miedo, mas no confianza. Si alguno de esos comandos me solicitara bajar del carro para revisarme, en verdad no sabría si ponerme a llorar o acelerar a fondo. Si tienen miedo pero necesitan trabajar, que vendan paletas en verano, un amigo así se hizo millonario. ¿Con qué derecho pueden señalar de peligroso a cualquier ciudadano con el rostro descubierto y una licencia vencida en mano, cuando ellos están armados y hasta las placas les cubren a sus vehículos?

Por querer vendernos la ilusión de seguridad, están incomodando demasiado al ciudadano que ahora no sabe distinguir entre autoridades o sicarios. ¡Caray!, si en este país, decir “tengo miedo” da risa y el temor toda cobardía justifica, entonces me debería amparar con la misma frase para publicar como anónimo este artículo o mínimo pedir a mi editor que cubra mi foto con una máscara del Santo. Pero aún así felicito a Leyzaola y los valientes agentes que no se han tapado el rostro.

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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