::   REFLEXIONES   ::

MIS QUERIDOS ALACRANES

Lomas de Cocoyoc es un lugar paradisiaco ubicado en el estado de Morelos. Allí mi familia tenía una hermosa casa de campo, acompañada de un vasto jardín, en donde mi padre y yo sembramos guayabos, limoneros, naranjos, plátanos, papayas, limas y otras frutas tropicales. Pero antes de ser un jardín, aquel terreno estaba lleno de maleza, enormes guijarros y lo poblaba una amplia variedad de animales y bichos silvestres, además fue el lugar en donde nació uno de mis recuerdos más memorables de mi niñez.

Durante uno de los tantos fines de semana en que mi hermana, mi padre y yo fuimos a Cocoyoc, mi papá tenía la intención de desyerbar aquel terreno baldío, así que armados con sendos cuchillos pandos, comenzamos a arrancar la hierba de raíz con las manos desnudas.

Habían pasado quizá un par de horas cuando mi papá me pidió que le ayudara a mover una piedra. Entre los dos levantamos la roca y justo bajo ésta, descubrimos algo que me pareció escalofriante: un enorme alacrán descansaba sobre la tierra húmeda, con un puñado de pequeños alacranes de color amarillo sobre él. Al instante di un salto hacia atrás ante la amenazadora imagen.

Mi padre hizo rodar la roca a un lado y observó atentamente nuestro hallazgo. Yo me acerqué prudentemente, pensando que podrían lanzarse sobre mí esas alimañas y le pregunté a mi papá por qué había tantos alacrancitos encima del alacrán grande. Me dijo que era una alacrana y que los alacrancitos eran sus hijos. ¿Y por qué no se mueve? -fue mi siguiente pregunta. A lo que serenamente mi padre contestó: “porque se la están comiendo”.

¡De sobra está decir lo impactante que me pareció aquella respuesta! La visión caníbal y matricida que tenía frente a mis ojos hizo que se me revolviera el estómago. Yo no sabía del ciclo natural de la maternidad de aquellos ponzoñosos arácnidos y mucho menos entendía el procedimiento de subsistencia de su especie. Asco, miedo, impresión, desprecio y un sinfín de emociones se mezclaron dentro de mí. Y como solemos ser los seres humanos, mi acción innata fue combatir todo aquello que no entendemos, así que lo primero que articulé a decir fue: “¡mátalos papá! Pero la reacción y respuesta de mi padre fue para mi mente infantil aún más inesperada... Volteó a verme y me dijo: “no tenemos por qué matarlos”. Al no comprender su comentario yo insistí, argumentando que podrían picarnos y si los dejábamos iba a haber muchos más de ellos en nuestra propiedad. La subsecuente reflexión de mi padre forma parte de las enseñanzas más sublimes que pude adquirir durante mi infancia y a continuación he intentado redactarla casi de manera textual:

“Mira, ellos están en su casa, ellos viven bajo esta piedra. Este terreno nosotros lo compramos, pero en verdad éstos y muchos otros animales son los dueños originales y nosotros estamos invadiendo su hogar... Por lo tanto si nos pican es culpa nuestra y no responsabilidad de ellos. Cualquier insecto es tan dueño del aire, el agua, el sol y el mundo entero como lo somos nosotros y no tenemos derecho en matarlos sólo porque somos más grandes y podemos hacerlo, mientras que ellos no pueden defenderse”.

Después pronunciar esas palabras, tomó la roca con cuidado y delicadamente la colocó sobre el lugar en donde descansaba minutos antes, procurando no lastimar a los insectos.

Aquella enseñanza me hizo comprender lo que alguna vez ya siendo adulto leí sobre Gandhi, de quien se dice que caminaba descalzo, pausadamente y viendo hacia el suelo para no lastimar a las hormigas ni la hierba que pisaba. Creo que muy poco puedo añadir al comentario de mi padre y sólo me gustaría decir que todos los hombres siendo aun niños deberíamos recibir esta enseñanza, pues de ser así, el mundo en el que vivimos sería un lugar mucho más hermoso. ¡Gracias papá!

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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