::   REFLEXIONES   ::

ME “FRAICIONA” EL ALMA

Al gimnasio donde voy a “platicar”, llegó un muchacho de aspecto desarrapado, sus humildes ropas y cabello estaban cubiertas de fino polvo blanco y era evidente que tenía un problema de sobrepeso. Tímidamente se acercó al mostrador y pidió información sobre los precios y horarios a Gabriel, el instructor, quien amablemente le dio un breve tour entre los aparatos y áreas de entrenamiento.

Después de unos minutos ambos pasaron por mi lado y se quedaron platicando. “¿Qué es lo que buscas lograr con el entrenamiento?”-preguntó el instructor. El joven levantando una ceja, suspiró e hizo el siguiente comentario que captó mi atención: “Lo que pasa es que yo trabajo de 8 a 6 de la tarde cargando costales de cemento y pos la verdad está re duro mi trabajo, entonces tomo dos calafias y llego como a las 8 a mi casa con mucha hambre... y entonces cuando llego me como tres huevos y un plato de frijoles y un puño de tortillas y entonces pues mi papá se enoja conmigo y me regaña porque dice que trago mucho, que nomás me coma un huevo y entonces pues por eso quiero hacer pesas”. Yo para nada entendí esa respuesta, pero como no era más que un metiche preferí quedarme calladito. Gabriel, también confundido, le pidió que le explicara más a fondo su motivación para hacer ejercicio cuando su trabajo era por demás extenuante. El muchacho abundó: “Ah, lo que pasa es que pues lo que yo quiero es bajar de peso porque en mi casa se enojan porque dicen que siempre quiero cenar mucho, entonces lo que estoy pensando es que si hago ejercicio saliendo del jale, pues voy a bajar de peso y si estoy más delgado, pues voy a comer menos porque la gente flaca come menos, ¿o no? -cuestionó con un ademán. “Entonces si bajo de peso ya no me va a dar tanta hambre en la noche y nomás me voy a comer dos huevos y así ya no me van a estar regañando en mi casa”.

Al ver la expresión en el rostro del entrenador, juré que le contestaría como lo haría Cantinflas: “Mejor ni me digas porque me fraiciona el alma”. Durante los primeros meses que entré al gimnasio, recuerdo que en lugar de bajar, subí cinco kilos, pues mi hambre después de la rutina era desenfrenada. Yo devorando hasta los cubiertos y él intentando esquivar el hambre. Imaginé al joven cargador de costales bajo el rayo del sol, yendo a la sombra sólo para darle un trago a su refresco de cola en botella de a litro y una mordida a su pastelito cremosito con relleno de fresa y cubierta de chocolate, que le susurra “recuérdame” en cada descanso. Y supongo que su comida han de ser dos burritos y otra soda, pues de los setecientos pesos que ha de ganar a la semana, seguramente gastará 200 en transporte... y víctima de su ignorancia, su lógica le dice que para mitigar su hambre por las noches lo mejor es hacer más ejercicio y hacer el esfuerzo de pagar una mensualidad de 300 pesos; cuando en lugar de pagar el gimnasio debería comprar todo eso en carteras de huevo y en vez de tomar dos transportes habría de caminar hasta el lugar donde aborda su segunda calafia para hacer algo de cardiovascular y así quemar un poco de grasa. Pero ni el entrenador ni yo tuvimos tiempo de decir nada pues cuando el joven supo el costo de la mensualidad se limitó a hacer una lastimera mueca y agradeciendo la explicación se fue sin dejar más rastro que su cruda historia.

En verdad deseaba haberle dicho: “No te preocupes chamaco, que el gobierno federal nos acaba de aumentar los impuestos para apoyar a gente tan pobre como tú, así que ahora te vas a poder comer hasta cuatro huevos acompañados de jamón y un vaso de leche ´light´ “. ¡Viva la revolución de 1910 y el cambio de gobierno de 2000!

P.D. Por cierto, ayer vi que la casa de La Cúpula está en venta, para los que quieran comprar una casa segura, con mucha historia y en un barrio de pura gente bien...

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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