::   REFLEXIONES   ::

Publicada: 13 mayo 2010.

LA PELUSITA

En los dos o tres minutos en que se mastica la espera en rojo de un semáforo, frente a mi, justo entre mis ojos y el volante apareció una pelusita, una de esas millones de partículas suspendidas en el aire que son invisibles a nuestros ojos hasta que un rayo de luz las delata ante nuestra mirada.

Al principio no le tomé la menor importancia... voltee hacia un lado y otro de la calle para ver qué cosa interesante podía encontrar, pero nada, nada aparecía, ni carros, ni gente, ni nubes de formas sofisticadas o colores extravagantes. Me disponía pues a encender la radio cuando volví a ver esa pequeña partícula de “algo” flotando frente a mí... lo que llamó mi atención es que era sólo una, no estaba acompañada por otras pelusitas similares, era ella sola rodeada de un cristalino aire aparentemente libre de impurezas.

La contemplé con desdén por unos segundos, subí el volumen del estéreo, comencé a tararear la canción que sonaba al aire y nuevamente mi vista descansó sobre aquella pelusita casi microscópica que seguía aferrada flotando ante mí y el volante. Para ese entonces ya había pasado más de un minuto del semáforo en rojo y la pelusita seguía tan estática frente a mí como yo lo estaba ante la luz que me impedía avanzar. Fue quizá la ociosidad, el hambre, el hastío o el calor, en verdad no sé a quien culpar pero me quedé hipnotizado con la visión de aquella minúscula brizna que me acompañaba en mi soledad. Y comencé a preguntarme: ¿Qué hace esa basurita en mi carro, querrá decirme algo -y reí sonoramente por tan ridículo pensamiento?

Mi mente deambuló en el éter y en verdad quise encontrar respuesta al porqué de aquella partícula frente a mí, sonriéndome, intrigándome. Pensé entonces que yo existía porque tenía que hacerlo, tenía una familia, un amor, un proyecto de vida y según aprendí en un curso de lógica en mis años de preparatoria, “todo lo que es o existe tiene una razón”, es uno de los cinco principios de la lógica. Sin embargo, no alcanzaba a ver la razón de existir de la pelusita invasora, no veía motivo para que un Dios hubiese pensado en crearla, ponerla en este mundo, hacerla entrar por la ventana de mi auto y posarla desafiante frente a mi...

Los perros, los gatos, las aves existen por una razón, cumplen con una función, ya sea brindar compañía, cuidar nuestras casas, o adornar el sofá con su ronroneo. Las moscas ayudan a desintegrar la basura, las cucarachas cumplen un ciclo biológico, las ratas forman parte del equilibrio del ecosistema, las bacterias, los virus, todos los microorganismos fueron puestos en este mundo por un ser inteligente para cumplir con una misión específica. ¿Pero la pelusita... qué razón tiene y por qué me inquieta tanto su presencia? -me preguntaba a mí mismo.

Algo enfadado y sintiéndome estúpido por hacerme preguntas tan aparentemente sin sentido, quise ignorar a la pelusita. Pero no se iba, seguía allí y el semáforo se antojaba eterno. La pelusita continuaba allí estática, inanimada frente a mí. Estuve a punto de manotearla y apartarla de mi vista pues ya me estaba volviendo loco. En verdad me sentía idiota pensado sobre la razón de ser de aquella miga de polvo... al fin y al cabo era tanto o menos que nada frente a mí y no merecía siquiera que yo pensara en ella. Insisto que era una mugrosa partícula de basura, tierra, fibra o cualquier cochinada insignificante que se aferró a bailotear en mi presencia. Sinceramente me estaba desesperando porque la luz no cambiaba a verde. Y una vez más me pregunté con cierto dejo de desprecio: ¿Qué razón de ser tiene esa pelusilla, para qué la creó Dios, de qué sirve al mundo?

Mi mente se quedó en blanco unos instantes, dejé de escuchar la radio, dejé de escuchar el claxon de los carros, me absorbí en mis adentros y de pronto una respuesta destelló ante mi rostro, iluminó mi mente y estremeció las fibras más profundas de mis sentimientos: aquella pelusita tenía la misión más noble y sublime sobre la faz de la tierra, su maravillosa misión excedía los límites superficiales de mi intelecto y por eso no pude verla a simple vista a pesar de la obviedad de su naturaleza... la razón de su existir consistía en “hacerme pensar en Dios”. Aquella partícula suspendida que me volvió loco por tres minutos me obligó a pensar en su razón de ser y me invitó a recordar a Dios en un momento de mi vida en que bastante alejado me encontraba de mi amoroso creador. ¿Podría alguien en este mundo vanagloriarse de tener misión más importante que hacerle saber a un hombre que Dios tiene una misión para todos, que un ser supremo nos acompaña, que el todopoderoso se encuentra hasta en las cosas más insignificantes del universo como en la timidez de una pelusita de polvo? La revelación de la pelusita me embebió tanto que no me di cuenta que el semáforo cambio a verde y cuando quise reaccionar volvió a ponerse en amarillo y luego en rojo, quedándome otra vez en el mismo lugar con una fila de furiosos conductores tras de mí... pero esta vez con una paz interior que hace mucho tiempo no sentía.

Con una sonrisa en los labios e ignorando a los vehículos que hacían fila detrás del mío, busqué ansioso a la pelusita pero ya se había ido, desapareció de forma tan enigmática como llegó. No sé qué fue o que pasó aquella tarde. Ahora cuando cuento esta experiencia digo que quizá era un ángel microscópico o la fantástica alucinación infantil de un amigo imaginario que vino a decirme, “aquí estoy, aquí estas tú y aquí esta Dios... piensa en él porque aunque tú te olvides de tu creador él no te olvida”.

Hasta hoy no he encontrado en mi vida persona alguna que tenga un trabajo, un oficio, o una misión más hermosa que la que tuvo esa pelusita... aquella serena tarde descubrí que quien nos hace pensar en Dios, también nos lleva a su presencia.

Tijuana.

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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