::   REFLEXIONES   ::

Jueves 3 Junio 2010

LA MÁS CRUDA ADIVINANZA

A ver si a la primera adivinas de quién te quiero hablar: A veces se saltan la barda o la reja. Muchos son nobles, otros muerden y hay que encerrarlos o ponerles cadenas. Andan sucios y muertos de hambre buscando comida entre la basura. Unos duermen entre trapos viejos, otros en una cochera o bajo un puente y los más afortunados duermen en un techo prestado. Cuidan nuestras casas, nos traen el periódico y hacen cualquier fiesta, truco o esfuerzo para recibir un pan de nuestra mano. No tienen ninguna protección de la ley, cuando algo les duele, cuando están enfermos o lastimados, en un rincón se lamen las heridas. Algunos desalmados los patean y abusan de ellos sabiendo que por miedo serán incapaces de devolver el agravio y al primer chasquido de dedos regresan con la cola entre las patas para seguir obedeciendo al que los alimenta y maltrata. Los extraños les temen y los quieren agarrar a palos, los de casa que los vieron nacer, al verlos abandonados, sólo se cruzan de brazos. Esa es la historia, la vida y tragedia de nuestros pobres hermanos: los migrantes indocumentados.

Así es, pareciera que hablamos de animales y no de seres humanos, pero esta es la forma en la que viven en el otro lado nuestros ilegales mexicanos. Yo no defiendo a criminales, a los que aprendieron los vicios de los gringos y se llenaron de hijos para no trabajar y vivir del “wellfare”. Yo no defiendo a los graffiteros, a los que andan en bandas o a los que al cruzar la frontera se olvidan de la familia que dejaron atrás. No, a ellos no puedo defenderlos.

Defiendo a los que tienen tres trabajos diferentes y en todos ellos hacen horas extras. A los que no tienen seguro médico ni derecho a que sus hijos entren a una universidad; a los que ahorran, pero no dejando de viajar a Las Vegas o Six Flags como hacemos muchos de nosotros, sino que hacen su cochinito comiendo menos y durmiendo poco. A los que nunca han sido arrestados por escandalizar, robar o vender drogas. A los que respetan las leyes y jamás han recibido un reembolso de impuestos a fin de año. A los que en navidad en vez de celebrar, abrazan la fotografía de los hijos que se quedaron en el pueblo. A los que viven junto a cuatro o cinco familias en un departamento y la única felicidad que han saboreado es si acaso la del Pollo Feliz...

Algunos vociferan y maldicen a la gobernadora de Arizona por su ley racista o a Meg Whitman, la candidata a la gubernatura de California para 2010, que propone acabar con las ciudades santuario para los indocumentados, como lo es San Francisco... Yo no puedo odiarlas ni apedrearlas con palabras, pues me doy cuenta que no tengo el derecho de exigirle a los extranjeros que hagan por mi gente lo que nosotros mismos no hacemos. En California el salario mínimo por hora es de 8 dólares, nosotros les pagamos a esos mexicanos deportados $57.46 pesos por día. Y los miserables empresarios que pugnan por reformar la LFT, proponen contratar asalariados por hora, pagándoles $7.22 pesos por cada una de éstas laboradas y sin derecho a ninguna otra prestación de ley.

¡Huy que malos son los gringos! ¿Y tu jefe empresario, cuánto te repartió de utilidades en mayo? ¿Y nuestro gobierno cuánto gasta en publicitar un nuevo puente y cuánto le paga a los albañiles que lo construyeron; cuánto gana un presidente municipal y cuánto un maestro de universidad? ¿Y nosotros, en casa, cuánto le pagamos a la señora del aseo? Pero claro, es más fácil recordarle la madre a la gobernadora racista que alcanzar a ver que nuestra mezquindad obliga a que salte la frontera más gente, que encontrará discriminación, abuso y muerte. Y a modo de adivinanza sólo me queda preguntar: ¿Quién es más desgraciado, el que te corre de su casa y trata con desprecio o el que en tu propia patria te paga para vivir como perro?

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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