::   REFLEXIONES   ::

CON LA DULCE Y TOTAL RENUNCIACIÓN

¿Cuántas veces has llorado por alguien que no tan sólo te ha dicho, sino que te ha demostrado de mil maneras que no te quiere? A todos nos ha pasado y seguramente en más de una ocasión. La primera vez, llegamos a decir que nunca volverá a sucedernos... ¡sí como no! Me he dado cuenta que ilusionarse, fantasear con el primer beso y desnudar el corazón en una noche es la cosa más sencilla del mundo. Dicen que la primera cita es el casting para la segunda y a la tercera forzosamente se han alimentado suficientes emociones para pretender a esa persona y empezar a enamorarte.

El Flaco de Oro inmortalizó: “Solamente una vez amé en la vida, con la dulce y total renunciación.” Sabio caballero... ya que las demás veces que te enamoras lo haces de una forma diferente, con cierta madurez, pues no estas dispuesto a dejarlo todo por una pasión. Vuelves a amar, pero con los ojos abiertos. Eres capaz de ver los defectos de tus parejas anteriores en cada nueva relación que intentas mantener. Entiendes que tu “amorcito” tiene defectos con los que puedes convivir y otros que no te dejarían vivir. Puedes vivir con una persona desordenada, pero no con una sucia; toleras la impuntualidad a una cita pero no que te mientan para justificar su informalidad; le pasas que sea majadera o tenga desplantes despóticos cuando se enoja, pero nunca contigo; aceptas que hable mal de cualquiera por razones que cree justificadas, pero jamás permitirás que lo haga de tu madre, porque sabes que quien se enamora de ti, se debe enamorar de todo lo que eres y amas. Tú eres en esencia el mundo, los gustos, aficiones y la gente de la que te has rodeado y quien pelea o compite contra ello, simplemente no puede quererte.

Las escenitas de celos no te vuelven a parecer muestras de amor, a las impuntualidades recurrentes las identificas como sutiles faltas de interés, las cien llamadas diarias o mensajitos que exigen respuesta no te parecen bonitos detalles sino cadenas a tu libertad y el que se enoje porque abrazas o saludas de beso a personas que quieres de manera limpia y hermanable, te resulta ofensivo y degradante. Los chantajes emocionales son para ti gritos desesperados de una persona con la autoestima del burrito de Winnie Phoo y en lugar de correr a consolarla, prefieres ignorarla hasta que se le pase el berrinche o muestre un poco de dignidad... Defiendes que “si no te quieren como quieres que te quieran, ¿entonces qué importa que te quieran?” -como escribió Amado Nervo.

Suena cruel, pero a punta de fracasos tú también te transformas en una mejor pareja aunque no lo notes. Eres capaz de sacrificar una parranda con los amigos por ayudar en un trabajo a tu ser amado. Tampoco asfixias con correos, llamadas o mensajes, pues sabes bien lo que se siente. Aceptas la libertad que tiene para irse un fin de semana con sus amigas y ni siquiera insinúas que te gustaría ser invitado. Respetas la intimidad de sus objetos personales, los secretos que por alguna razón prefiere guardar, los momentos en que quiere estar sola e incluso aplaudes y apoyas el derecho que tiene de de viajar o mudarse de ciudad a pesar del amor que te profesa, por tal de alcanzar una meta profesional...

No te vuelves a enamorar con la dulce y total renunciación de la primera vez, pero buscas mejores personas y también tú te conviertes en mejor pareja y entregas todo de ti, pero no a la primera. Lo cual entendí al recordar lo que un día me dijo mi abuelo: “Hijo, ¿tú crees que es cierto eso de que a la mujer ni todo el amor ni todo el dinero?” Sin meditarlo mucho respondí que sí y él remató diciendo: “No mijito, te lo enseñaron mal. A la mujer se le da todo el amor y todo el dinero, pero lo que nunca te dijeron es que se le da de poquito en poquito, según se lo vaya ganando, pues las mezquindades no van con el amor”.

jousinpalafox@hotmail.com

Jousin Palafox Silva, graduado de la Licenciatura en Derecho de la UABC, escritor y conductor de radio en Tijuana.

 

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