Texto ganador del II concurso nacional literario convocado por
la Secretaria de Marina (MEMORIAS DEL VIEJO Y LA MAR) 2010

UN PAVO EN ALTAMAR

Por: Hector Palafox Méndez (mi padre)

Conocí la mar, antes de que la palabra “tsunami” formara parte de nuestro vocabulario, antes de que Titánic fuera película y mucho antes de que nos diéramos cuenta de que todo lo que arrancábamos de sus entrañas algún día se podría acabar.

Nací en un desierto, el Desierto de Altar, específicamente en Caborca, un año antes de que terminara la segunda guerra mundial, considero mi padre iniciar otra actividad y cuando a penas tenía 7 años, mi familia se fue a vivir a Puerto Peñasco y fue de esta forma que de un día a otro cambiamos nuestro desierto de arena por un desierto de sal, el del mar de Cortez.

Yo sabía ordeñar vacas, hacer columpios en mezquites, identificar nidos de pájaros ,cuevas de roedores, tortugas, víboras... Pero no tenía idea de lo que era un chinchorro, tarraya, anzuelo, curricán, plomada, bolla, muelle, remar en panga en contra de las olas y ni siquiera mantenerme a flote cuando el agua rebasaba el nivel de mi cabeza. Pero poco a poco la necesidad me fue invitando a la pedregosa orilla de la playa, primero a jugar con los demás chamacos y después a competir con ellos por el mejor pescado. La vida en el mar es cruda para todos, incluso para los niños. Cuando mis hermanos y yo nos zambullíamos para divertirnos, dejábamos nuestras ropas en el muelle, teníamos que esconderlas donde nuestra imaginación nos iluminara, ya fuera entre los maderos podridos, los cascos oxidados de barcos varados e incluso bajo grandes rocas, pues si los muchachos mayores encontraban una camisa lo primero que hacían era tomar las mangas y hacerlas nudo con todas sus fuerzas y así, nudo sobre nudo las hacían “galleta”, como llamábamos a esa broma en Peñasco. El problema es que los nudos eran tan apretados que la única forma de volver a usar las camisas era cortándole las mangas. Debo decir que antes del año los negocios de mi padre fracasaron y conocimos la mas terrible pobreza, pero aprendimos el mas maravilloso ingenio para subsistir ante esa adversidad.

Los abusos no terminaban allí, pues por la necesidad, el hambre y quizá también el desamparo en que nos encontrábamos los menores, el marinero ocioso o vaguito que te veía con un pescado en la mano, si podía te lo arrebataba y al intentar defender la comida de tu casa, lo único que te llevabas era un par de cachetadas y un labio roto. Por supervivencia y a punta de trompadas, nos tuvimos que hacer hombres mucho antes de lo que ahora los niños tienen que hacerlo.

A los doce años ya andaba en los barcos camaroneros haciendo lo que mi enclenque cuerpo me permitía y fue así que me convertí en pavo del barco Santa Cruz. Ser pavo significaba hacer de todo y sobre todo lo que nadie quería hacer, tenías el rango de sirviente del sirviente, el mandadero de cualquier marinero, el lavaplatos del cocinero, el limpiador del maquinista, el mozo del contramaestre y por excelencia el chalan del capitán... pero todo esto sin ningún tipo de pago, bueno, al menos no en dinero, pues el darte de comer, dejarte aprender los oficios de la navegación y regalarte un puñado de camarones al llegar a tierra era considerado un verdadero privilegio ya que muchos chiquillos del puerto se peleaban por ser el pavo de cualquier embarcación.

La ventaja de ser el pavo es que aprendías de todo, pues te tocaba hacer amarres, achicar el barco cuando estaba fondeado, engrasar el motor y ponerlo en marcha, lavar la cubierta e incluso preparar en la cocina cualquier capricho de los marineros pues junto con el cocinero tenías que hacer tortillas de harina de trigo, hornear pan, freír y preparar huevos en todas sus variedades. Pero lo que más me gustaba era tener la oportunidad de hacerme del timón cuando el capitán andaba de buenas, por eso tenías que ser hacendoso y acomedido porque “gobernar” era el privilegio que justificaba muchas penurias en altamar, era sentirse capitán y hasta dueño de la embarcación por unos minutos, era sentir que tenías las vidas de todos tus compañeros en la punta de los dedos al dominar la aspereza del enmohecido timón.

Si la vida en puerto es dura, en el barco para muchos es insufrible, pero para otros se convierte en una verdadera pasión de vida y ese fue mi caso. Los marineros te tratan con brusquedad y cuando hay que hacer algo difícil siempre mandan al pavo, cuando se necesita desenredar el chinchorro o una maraña de algas en la propela a unos metros bajo el agua, nadie quiere hacer tan tediosa tarea y por supuesto no falta quien diga: “manden al pavo”. Pero muchas de estas labores son además de complicadas, peligrosas y si se te ocurre negarte, lo primero que harán será cuestionar tu hombría, lo que en aquellos años era cosa muy seria, no como ahora que hasta da risa. Todo el tiempo que pasas en cubierta estás siendo retado y forzado al límite de tus capacidades y piensas que la misión de tus compañeros es hacerte saltar por la borda y no volver más. Sin embargo al paso del tiempo vas descubriendo que pese a todas las maldades, desafíos y bromas pesadas, realmente siempre te están cuidando y observando de reojo aunque no lo notes. En altamar, todos navegamos en la misma tabla y la tragedia de uno es la tragedia de todos, el sentimiento de hermandad y unidad se hace evidente en las tempestades, cuando alguien se accidenta o cuando la desesperanza se apodera de la tripulación.

Los barcos chicos como los camaroneros regularmente tienen seis camarotes más uno para el maquinista y el pavo es siempre el octavo tripulante, razón por la cual te ves obligado a dormir en el rincón más seco que pudieras encontrar, porque sobra esta decir que todo el día estás mojado de pies a cabeza. Los primeros días es difícil acostumbrarte al vaivén del mar y cuando tus compañeros te ven la cara de todos colores te amenazan por si acaso se te ocurre vomitar y te dicen que la forma de curar el mareo es morder el ancla y algunos incautos confiamos en esos remedios o rituales mágicos, pero buscamos morder el hierro del ancla cuando nadie te ve, porque sabes “que no es de hombres mostrar miedo o debilidad”.

Para los enamorados los atardeceres en el mar son una de las visiones más cautivantes de la naturaleza, con sus embelesadas nubes salpicadas de colores y el astro rey en llamas hundiéndose en un espejo platinado de agua, sin embargo para los marineros un atardecer es como el cantar del gallo para los rancheros, la hora en que hay que desperezarse y comenzar a calentar el café, pues las faenas de la pesca comienzan al caer el sol, de cuatro o cinco de la tarde a seis de la mañana, dependiendo de la época del año. Los privilegios de la pesca consisten en poder comer frijoles cocidos con rebanadas caracol de mar hervido, pescado fresco o seco asado, burritos de machaca, con salsa ranchera a cualquier hora, chocolate con leche y te de canela caliente, pero la pesca nocturna también impone muchos riesgos y nos mantiene con las emociones a flor de piel. Lo más inquietante es imaginar que en la negrura del agua se oculta alguna bestia esperando a que metas un pie o una mano para arrancártelo a mordidas. El mar siempre exige respeto y a media luz se convierte en una amenaza terrorífica hasta para el más bragado de los hombres. Todos los marineros le temen al mar, pero nadie lo dice, intentan mostrarse valientes y desafiante, es una de esas leyes no escritas, el que un hombre nunca debe quedarse solo en cubierta porque si se cae por la borda o si una jarcia, cable o cuadera se revienta y lo golpea, su vida pendería de un hilo y cuando el resto de los tripulantes lo notara, sería quizá demasiado tarde, cosa que meses después aprendí de la peor manera...

Recuerdo que en una madrugada al salir de la cocina, la cubierta se encontraba desierta, era justo el momento anterior a levantar un lance y jalar las redes. Sentí deleitante la frescura de la brisa marina en el rostro aun caliente por el calor de la estufa, me acerqué a la orilla para tomar una bocanada de aire helado. Entonces con los parpados cerrados y la boca entreabierta inhale profundamente, cuando un tétrico y espeluznante ronquido me hizo abrir los ojos al instante. Frente a mi vi un palpitante lomo negro que reflejaba las luces del barco y se acercaba al ritmo del oleaje hacia mí. En un segundo salte empavorecido al interior de la cocina, jamás había visto yo un monstruo de esa magnitud y mucho menos tan cerca. Busque avisarle a alguien, pero mi miedo era tan grande como la vergüenza de gritar para pedir auxilio, sin embargo debía alertar al resto de mi espantoso descubrimiento, pues imaginaba que semejante bestia sería capaz de partir el barco por mitad de una tarascada. Me asomé por la ventana para ver que el animal flotaba paralelo al casco del barco apenas a un par de metros de distancia... yo levantaba la cabeza por la escotilla y cuando la fiera gruñía con su amenazador ronquido que me paralizaba hasta el habla, volvía a agazaparme en la alacena. Un marinero de nombre Timotéo me vio desde la popa y sospechando que estaba muerto de miedo estalló en carcajadas y sin que nadie más lo notara entró a la cocina para tomarme del brazo y pedirme que consiguiera el cepillo que se usaba para tallar la cubierta. Yo se lo entregué sin cuestionar y él, tomándome por la muñeca me dijo: “Ven güero, es un pejesapo y vas a ver como le gusta que le rasquen el lomo”. El joven enhielador mojó el cepillo en el mar y comenzó a frotarlo sobre el dorso del animal a lo que la bestia sólo giraba ligeramente para ofrecer otras partes de su cuerpo a la caricia. Viendo yo que el colosal animal era inofensivo, me atrevía a tomar el mango del cepillo y hacer lo que mi compañero me había mostrado. Aprendí que aquel noble monstruo marino era manso como un cachorro y muchos años después en la televisión descubrí que a mi pejesapo los oceanólogos lo llaman tiburón ballena y que se alimenta de microorganismos pues no tiene dientes para masticar. Si los demás compañeros me hubieran visto escondiéndome de aquel animal, seguramente habría sido la comidilla de la travesía, pero el buen Timoteo no olvidaba sus inicios como pavo y quizá por eso me guardó el secreto. Pero esa no sería la última vez en enfrentarme a un tiburón, sin embargo mi segundo encuentro con uno de su especie, aunque fue menos terrorífico, fue también mucho más estresante, cansado y angustioso.

Durante las horas de sol los marineros duermen o intentan matar el tiempo a como de lugar y una de las formas más recurrentes es lanzar la piola al agua, esperando capturar algún pez que los convierta en leyenda al llegar a puerto; o simplemente como diversión, de este modo, semanas después a mi experiencia con el juguetón pejesapo, algunos marineros lanzamos nuestros anzuelos y esperamos a que algo picara. En aquel entonces yo no sabía identificar cuando la presa era buena o cuando lo atrapado era un temible cazador como lo es el tiburón. Y es que con el tiempo aprendes que los tiburones avisan de forma peculiar cuando muerden tu carnada; si la mordida se siente como un fuerte tirón en el brazo y luego si el jalón es, en dirección a los lados , entonces lo que hay que hacer es jalar de golpe hacia arriba para intentar recuperar al menos el anzuelo, pues si se espera a que el animal se enganche en el fondo del agua se hace un gran alboroto, ocasionando una estampida de los otros peces y todo se puede perder, puesto que en aquellos años a los tiburones nadie se los comía ni se creía que su aleta dorsal fuera afrodisiaca, ni se les mataba por deporte. Por eso se decía que sólo al más bruto le picaba un tiburón... y aparentemente yo fui el bruto aquella tarde.

Cuando sentí el primer jalón en el sedal, no identifiqué que se trababa de un depredador y dejé entonces que se tragara la carnada y se enganchara del anzuelo. Cuando intenté jalar al animal hacia el barco, sentí un tirón que me hizo dar tres pasos hacia un lado, fue entonces cuando el capitán supo que había picado un escualo. Pero en su afán de probarme como marinero me ordenó que lo sacara y lo pusiera en cubierta. Todos olvidaron sus faenas y levantaron sus líneas de pesca para verme pelear con la fiera. Si yo daba un tirón y recuperaba un metro de piola, el animal bajo el agua jalaba desesperado y me robaba dos metros, era como intentar jalar un novillo con una cuerda a la cima de un cerro. Su fuerza era muy superior a la mía y eso causó que la ceñida cuerda me hiciera sangrar la mano derecha, pero no podía demostrar dolor o desesperación ante toda la tripulación que me devoraba con la mirada. Jalaba con una mano y recuperaba cuerda con la otra. Las palmas desnudas se aferraban a la fibra de la línea pero el animal se sacudía y con cada sacudida hacía que me temblaran las piernas. Pronto la mano izquierda, también comenzó a sangrar y los dedos se me ponían blancos por la falta de circulación. Encorvaba la espalda, cedía un poco de cuerda para cansarlo y después intentaba recuperarla, pero mientras yo luchaba por mantener mi orgullo, el tiburón lo hacía por conservar su vida, supongo que tenía mejor motivación que la mía. Dos metros recuperados y cinco más perdidos. Hasta ese momento ni siquiera había podido ver a mi rival, él se debatía en las profundidades y yo sobre la salpicada cubierta con las manos en la piola y un pie en la obra muerta (barandal del barco). Empecé a sudar y sentía que las lágrimas estaban a punto de escapar por el rabillo de mis ojos. Volteaba a ver al capitán con la esperanza de que me ordenara perder la línea, pero cada vez que mi mirada encontraba la suya, me gritaba con más fuerza que no me dejara, que sacara a ese animal así fuera lo último que hiciera. Estos han sido quizá los cuarenta minutos más cansados de mi vida, al grado que los brazos se me comenzaron a acalambrar y en un intento desesperado por acabar con mi sufrimiento, tuve la idea de enrollarme la piola alrededor de la cintura como había visto que los rancheros hacían para dominar dominar el ganado, cuando los lazaban en los corrales. Más tardé yo en darme un par de vueltas con el sedal a la altura del ombligo, que lo que les tomó a cuatro de mis compañeros abalanzarse sobre mí para protegerme, pues intuyeron que el animal sería lo suficientemente fuerte para arrojarme al agua y tras una apresurada llamada de atención, me azuzaron para que lo pescara usando sólo las manos. Pasé otros minutos de desesperación y dolor antes de que el pez en un arrebato instintivo girara varias veces bajo el barco y luego tirara en dirección a la proa, con lo cual fue tan fuerte la huída que la piola se reventó y pudo escapar. Cuando sentí la cuerda floja entre las manos, los brazos se me cayeron de cansancio y me derrumbé sobre el entarimado. Unos metros adelante el descomunal animal saltó sobre la superficie y pude ver su panza blanca, ahora, muchas décadas después de aquel enfrentamiento, creo que lo que intenté sacar del agua fue un joven tiburón blanco de unos tres metros y algunos doscientos kilos de peso. No me extraña que la piola haya cedido ante la extraordinaria tensión. De esa forma el tiburón me dejó con mi valentía y orgullo intacto y él se fue con mi carnada y su vida a cuestas. Aunque ninguno fue capaz de vencer al otro, sin duda los dos salimos victoriosos. Y fue de esta brusca forma en que día a día aprendí un poco más del mar y sus misterios, sus desafíos y sus bondades, mismas que un día habrían de servirme para salvar mi vida en contra de todo pronóstico.

Sucedió que en una ocasión el capitán me pidió un café alrededor de las 3 de la mañana. Me dirigí a la cocina y encontré todas las tazas sucias. Al no haber agua para lavar los platos, tomé el cubo que se usa para baldear, el cual está amarrado con un cabo por el asa y lo arrojamos al mar bocabajo para llenarlo de agua, mientras que el otro extremo de la cuerda lo atamos con una lazada especial a la muñeca para regresarlo a cubierta.

Al salir de la cocina no vi a nadie en la popa y se me hizo fácil lanzar el cubo con el barco navegando a más de quince nudos por hora. Lance el balde al mar y rápido se lleno a su máxima capacidad, pero fue tanto el peso de la cubeta y era tanta la velocidad de la nave que el recipiente me jaló como si fuera un ancla y en un parpadeo me encontraba sumergido entre las olas, la espuma y la estela que dejaba la propela del barco. Cuando pude sacar la cabeza por la superficie, el Santa Cruz ya estaba como a veinte metros de mi posición y por más que me esforcé en gritar, el rugido del motor ahogó mi clamor.

Intenté nadar hacia el navío, pero resultaba imposible alcanzarlo. Las botas de hule, la chamarra y el cubo de lamina galvanizada me pesaban como piedras, pero no me animaba a soltar lo único que me resultaba familiar y me ligaba a mi hábitat, en medio de la nada. Minuto a minuto la luz del mástil se perdía en la penumbra y a la media hora no era más que un opaco resplandor en el horizonte. Ese día supe lo que verdaderamente significa pavor, a mi derredor todo era obscuridad y en los pies sentía el frio invernal de la corriente que me arrastraba a la incierta deriva. Estaba absolutamente solo, acompañado únicamente de mi miedo y la desesperanza. Quise zafarme las botas para flotar con más facilidad, pero aprendí que la planta de los pies por ser blanca, atrae a los tiburones, pues las confunden con pequeños peces que se agitan a poca profundidad, entonces por muy incómodas que me resultaran, decidí dejármelas puestas.

Una hora después de mi infortunio, el capitán se extrañó por la falta de su café y me mandó buscar. Al no encontrarme en ninguna parte, notaron que el cubo tampoco estaba e inmediatamente adivinaron mi torpeza y mi infortunio. Toda la tripulación se puso a calcular el lugar en donde podía encontrarme cuando fueran por mí, pues ya había pasado mas de una hora y tardarían otro tanto en regresar y si volvían por la misma ruta sabían que la marea debía haberme arrastrado varios kilómetros mar adentro, por lo que el capitán y los más experimentados del grupo hicieron un pronóstico del ángulo en que debían navegar para tener más oportunidades de encontrarme en la infinita obscuridad, sin embargo sabían que era muy probable que jamás me volvieran a ver. Tengo conocimiento de que nunca habían rescatado con vida a otra persona caída.

Por mi parte intentaba orientarme para saber dónde podía encontrar tierra firme y una vez que ubiqué el lugar hacia donde tendría esperanza de nadar para encontrar salvación, me di cuenta que la marea estaba bajando, lo que significaba que la corriente se alejaba de la costa y con ella me jalaba más y más hacia las entrañas del golfo. Supe que lo más prudente sería conservar las fuerzas y esperar unas tres o cuatro horas hasta que la marea comenzara a subir y así paulatinamente, al amanecer me acercaría a la playa y una vez vislumbrando algún cerro, haría mi último esfuerzo por bracear hasta el límite de mis fuerzas... pero el corazón me decía que mi lucha sería inútil, sin embargo no me permití derrumbarme emocionalmente sin antes haberlo intentado, me jure por mi y por mis padres luchar hasta mi ultimo aliento salir victorioso de esa pesadilla. Junto a mí flotaban algas que me rozaban los brazos y el cuello y una cantidad extraordinaria de tenebrosos sonidos se escondían entre las aguas. Sentía que en cualquier momento un animal me jalaría por las piernas y hasta allí llegaría mi vida, una cosa era morir ahogado y otra devorado en pedazos. Desolación, angustia, impotencia, pánico, desconsuelo y una tempestad interminable de emociones amargas se arremolinaban dentro de mi ser, pero abrazado el cubo, levantaba la mirada a la luna y rezaba con toda la fuerza de mi alma. Intentaba no moverme mucho ni hacer espuma para no atraer depredadores y lentamente meneaba las piernas para mantenerme a flote. El cansancio y el frío comenzaban a adormecerme pero sabía que si me entregaba al impulso, ese sería seguramente mi último sueño y yo deseaba ver al menos un amanecer más.

Mas de dos horas después, que para mi fueron eternas, de mi involuntario clavado desde la borda, la chamarra, el balde de metal y las anegadas botas me jalaban a las profundidades, mientras el Padrenuestro ya era sólo un eco en mi aturdida conciencia. Los párpados se me cerraban y el agua salada que había tragado me secaban la garganta y revolvía las entrañas. Sentí a la muerte asirme por los tobillos y comencé a aceptar mi destino... pero de repente, a lo lejos escuché el bufido sordo de un poderoso motor, que para mí era demasiado conocida, distinguí el verde y el rojo de las luces de situacion, así como la brillante luz del mástil, que alumbraba para mi consuelo, el tan ansiado rescate. Quise gritar pero mi voz era apenas un suspiro, entonces mi reacción instintiva fue alborotar el agua para que el reflejo de la espuma se distinguiera a la distancia y finalmente, después de dos horas y mil plegarias, el milagro ocurrió, alguien gritó mi nombre y unos minutos después el bulto de mi cuerpo era subido al barco. Pasé más de doce horas dormido y desperté envuelto en tres cobijas en el acolchonado camarote del capitán. Allí supe que las bromas, amenazas y maldades de mis compañeros no eran mal intencionadas, todas ellas estaban dirigidas a hacerme fuerte, supe que era importante para ellos tan sí es que abandonaron sus redes y la pesca de todo un día para lanzarse en mi auxilio. Supe que ese día, gracias a mi denodada lucha, a mi osco aprendizaje y el esfuerzo para sobrevivir, finalmente me convertí en lo que más deseaba: en todo un marinero.

El ser pavo en altamar ha sido sin duda alguna la experiencia más enriquecedora de mi largo andar por esta vida. Aprendí mucho sobre las artes de la pesca, la forma de vencer las olas, a leer las estrellas y los ciclos de la luna, a cocinar manjares con pocos ingredientes, a obedecer autoridades, a respetar jerarquías, a luchar por subsistir bajo las peores circunstancias y a nunca dejar solo a un amigo en situaciones de peligro a pesar del riesgo que esto suponga. Servir de pavo en un barco te obliga a convertirte en una persona de bien y a ver los obstáculos de la vida cotidiana en su justa medida, pues si en la calle alguna vez tienes un problema con algún taxista furioso armado con un bastón, entiendes que al menos eres amenazado en tierra, en tu hábitat natural y no por un temible tiburón con siete hileras de dientes en medio del mar en donde todo está en tu contra; cosa que no sucede en altamar en donde a decenas de kilómetros sólo puedes ver un agreste panorama de agua embravecida y te sabes abandonado a tu suerte e ingenio. El pavo pues, adquiere los conocimientos necesarios para eventualmente llegar a capitán, pero en mi caso adquirí los conocimientos y el valor suficiente para dejar mi pueblo a los diecisiete años y desafiar la aventura de salir adelante en a una inhóspita ciudad a dos mil kilómetros de distancia, para hacer una carrera universitaria en contra de todos los desalentadores augurios de amigos y hasta de algunos parientes. Las hambres que pasé como estudiante, los camiones que tuve que tomar plagados de asaltantes y las pocas horas de sueño combinadas con extenuantes jornadas laborales me parecieron siempre poca cosa a lo que significaba enfrentar los desafíos de la mar con las manos desnudas, tiritando de frio en la alborada con sólo una taza de café sin leche en el estómago y con tan sólo doce años cumplidos.

Hoy me siento orgulloso de mi familia, mis logros personales como profesionista, los trabajos en importantes empresas que llegué a tener bajo mi cargo, pero aun después de cinco décadas, me siento honrado de contar mis aventuras de la infancia, surcando el horizonte en el indómito Santa Cruz matricula # 123-1951 Pto. Peñasco, Sonora. y decir que muchos de los éxitos que a lo largo de mi vida pude alcanzar, los debo sin duda al privilegio de haber sido ¡un pavo en altamar!


Mi papá y el Secrerario de Marina

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