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¡QUÉ CORAJE!

Intentando cumplir con mi compromiso literario de escribir al menos un poema al año, me acomodo sobre un escritorio añejo que acaricia la luz que se cuela por la ventana y a unos cuantos metros de mí, en una esquina cercana, alcanzo a ver la alargada sombra de un cansado hombre que parece caminar más por orgullo que por necesidad. La curvatura de su espalda da testimonio de las muchas décadas que ha llevado a cuestas su propia humanidad.

Cualquiera que viera la escena que hoy contemplo, muy probablemente con desánimo diría: cuánta vejez, cuántos años penosamente acumulados, qué decrepitud, qué triste deterioro, ¡qué ancianidad!

Sin embargo veo mi rostro en esta hoja blanca y digo: qué hermosa manera de llegar al final de una vida, qué milagro, ¡qué envidia!

Observo sus piernas y puedo imaginar sus desgarradas y reumáticas coyunturas. Qué fuertes sus porosos huesos y sus deshilachados tendones; así como sus artríticas manos que aún persignan su frente y su pecho, al pasar frente a una cruz de palo igualmente vieja, que se asoma por entre la reja de una casa. Cuánta fuerza de espíritu para ver su cuerpo consumido, para verse a sí mismo y después de tantos, tantos años, todavía creer en Dios. Qué admirable e inmortal la fe que aún existe en un cuerpo que ya promete un pronto adiós.

Imagino su corazón. A cuántos corazones habrá dejado rotos. Cuántas heridas habrá recibido y cicatrizado él mismo. Cuántos labios habrá besado. Cuántas mujeres habrá amado. Cuántos hijos, cuántos nietos enjendró. ¡Cuántos destinos nacieron de él! Cuántas lágrimas y que coraza tan fuerte habrá hecho el dolor a través de los años sobre su senil corazón. Su corazón que ya es un héroe, porque aún late y se niega a morir. Ese corazón guerrero que con su débil latido me revela un misterio; dice que después de morir solamente existe el cielo... todas las demás penas y errores aquí mismo se lloran y aquí mismo se pagan.

Cuántas memorias habrá en ese anciano. Cuántas experiencias e historias para llenar tantos y tan interesantes libros. Y yo que con estas manos jóvenes y ágiles no tengo que escribir. Y yo que aún le lloro al amor. Y él que sólo le sabe sonreír.

Qué diera ese hombre por volverse a ver joven y fuerte como yo. O mejor aún, qué daría yo por al menos saber que llegaré a ser viejo como él.

Lo veo perderse en la distancia a través de la ventana, sobre la que veo transparente mi propio reflejo. Y lo último que acierto a decir al saborear un extraño sentimiento es: qué coraje ser tan joven, ¡qué coraje de aquel viejo!

Jousín Palafox Silva

Poesía Inculta

 

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