EL DIOS EQUIVOCADO

(TEORÍA OMNISALVACIONISTA)

JOUSÍN PALAFOX SILVA

EXORDIO

Muy estimado lector, lo que estas a punto de leer es el resultado de siete años de investigación y cientos de horas de reflexiones y profunda meditación. El trabajo que a continuación te presento es producto de mi gran necesidad de encontrar una razón para seguir viviendo y al decir “viviendo” me refiero a no sólo a seguir existiendo, sino a existir para ser feliz. En mis días más obscuros y mis noches más iluminadas busqué a Dios de manera incansable y fue a través del dolor y la angustia que mi razón despertó de su letargo y con hambrienta pasión intenté descifrar las razones de mis males y la bendita necesidad de padecerlos. Esta investigación vivencial y documental es en esencia un mensaje que te transmito con la única intención de ayudar a reencontrarte o reconciliarte con nuestro creador que aunque no lo parezca nunca nos ha pedido que seamos buenos, obedientes ni que lo adoremos, únicamente nos pide y hasta cierto punto nos exige, que cumplamos con una sola misión: ¡ser felices!

Al paso de los años he descubierto que la felicidad eterna es en verdad el único destino que nos espera al otro lado del umbral de la muerte. El amor de Dios nos destina a ser felices, seas quien seas, hayas hecho lo que hayas hecho, vivas como vivas (aunque de tus acciones depende la prontitud de tu reencuentro con el Señor) y a continuación te presento las pruebas de mis descubrimientos teológicos, filosóficos y empíricos, porque lamento confesar no haber sido yo uno de los virtuosos que creyeron sin necesidad de ver o comprobar. Pero hoy creo con el corazón todo lo que he escrito y he escrito todo cuanto creo que otros como yo necesitan saber de un Dios tan transparente pero paradójicamente desconocido a la vez. Un Dios que al dejarnos el mensaje de que la verdad nos hará libres también nos revela que el dolor es necesario pero no eterno, al contrario, momentáneo y que el sufrimiento no existe, ese sentimiento nefasto nosotros mismos lo engendramos a través de nuestra ignorancia; ignorancia misma que con este documento intento difuminar para así arrancar de nuestro ser ese sentimiento inútil que no nos permite vivir redimidos del pasado ni despreocupados por el futuro.


AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS: HOMBRES, ÁNGELES Y DEMONIOS, COMO YO OS HE AMADO.

Juan 13:34 (bis)


I
EL DIOS NECESARIO

A través de la historia de la humanidad, el hombre ha buscado en el concepto de Dios llenar su vació de sabiduría, su necesidad de protección, su ansiedad por vencer a la muerte, en fin, su esperanza de alcanzar la felicidad. Muchas culturas lo han llamado de diversas maneras y le han dado infinidad de figuras. Muy difícilmente estos nombres y manifestaciones son iguales en dos culturas diferentes -a menos que una de ellas haya asimilado a la otra-, pero en cuatro aspectos fundamentales, la gran mayoría de las diferentes tribus, razas y civilizaciones coinciden en sus conceptos divinos. Primero: para el grueso de los creyentes Dios es el creador de todo lo que existe; segundo: es omnipotente (capaz de hacer y deshacer cualquier cosa); tercero: es infinitamente sabio; cuarto: tiene la virtud de ser omnipresente, es por eso que nada se oculta de su mirada.

Es mi intención ser objetivo en mis juicios al momento de expresar las ideas y razonamientos que se vierten en las siguientes páginas, por ende, me he propuesto dejar todo dogma religioso de lado. Sin embargo en el momento que mis premisas lo requieran, haré uso de los conceptos de algunas de ellas para fundamentar mi razonamiento. De tal suerte, tomo como propio el concepto que en el catolicismo se tiene de Dios:

Es uno solo (más adelante hablaré de Cristo).

Es infinito en amor -y es esta su característica más importante- (porque todo cuanto existe es bueno, todo lo que nace es bueno -al menos en un principio-, pues sólo el amor puede crear belleza, unir al universo, traer orden al caos y principalmente sólo por amor nos podría crear un ser que no necesita de nosotros para ser lo que es, pues Dios es Dios aún cuando creamos en él, lo adoremos, lo neguemos e incluso repudiemos).

Es el creador de todo lo que es y existe (incluso los científicos al intentar llegar a la última causa de las cosas se ven en la necesidad de decir que las cosas son como son porque “alguien” así quiso hacerlas).

Es perfecto en todo sentido (porque para que el universo tenga perfecta sincronía, se exige que su creador sea igualmente perfecto, recordemos un principio lógico: “nadie da lo que no tiene”).

Es infinito en sabiduría (pues sólo un ser con esta cualidad podría imaginar y concebir la creación de todo cuanto existe).

Es infinito en belleza (porque así lo quiero... y no lo digo en forma caprichosa aunque así lo parezca, pues quien opine lo contrario, simplemente estaría hablando de un dios contradictorio consigo mismo).

Es infinito en espacio y tiempo (este ser no tiene principio ni fin, ni el espacio ni el tiempo lo abarcan o limitan, siempre ha existido y se expande sin límites en el elemento que también él creó, el espacio -comprendido como la distancia entre un punto y otro-).

Es omnipotente (su poder no tiene límite, siendo el amo y señor de todo lo que conocemos y desconocemos; su capacidad de creación no tiene límites... excepto por aquellas cosas o acciones que le implicarían la pérdida de su divinidad -más adelante ahondaré en el tema).

Es omnipresente (porque se le encuentra en cada fragmento de su creación, en los astros más colosales y en las partículas subatómicas que aún no hemos visto).

Es incomprensible para el hombre (pues como Anthony de Melo lo dijo en su libro El canto del pájaro “hablamos de Dios no porque sepamos de él o lo entendamos sino porque es una necesidad humana y de no hacerlo nos asfixiaríamos”).

Este es el tipo de Dios acerca del cual se fundamenta mi disertación. Es necesario que Dios para ser Dios tenga estas características y estos son los principios básicos sobre los que fundaré mis argumentos.


II
CASTIGO A PRIORI

La expresión a priori es un término latino que significa “antes de”, y la utilizo para impugnar el supuesto castigo que Dios impone al hombre antes de pecar. Siempre me he preguntado: si Dios conoce el presente, el pasado y el futuro de todo lo que existe en su universo, ¿por qué habría de crear a alguien que de antemano sabe se va a condenar por sus acciones? Esta es una pregunta común entre todos aquellos que comienzan a filosofar sobre el ser divino. Al razonar la pregunta descubriremos que independientemente de que Dios le haya dado en vida a un determinado hombre, millones de oportunidades para salvarse, él ya sabe que su creado va a fallar o falló en todas (reconociendo que Dios conoce el futuro)... Por lo tanto ¿dónde queda la justicia divina? Es este el momento preciso en que muchos dirían que para eso nos dio libertad...

Primero analicemos lo que es libertad o el libre albedrío: es la capacidad de decisión que tiene el hombre para hacer o no hacer. Es una de las virtudes humanas más extraordinarias y más valorada incluso que la vida. Recordemos que aquellos a quines llamamos héroes de independencia, prefirieron perder la vida a perder la libertad. De hecho en las prisiones mexicanas, una de las primeras cosas que hacen los custodios con los reos que ya han sido sentenciados, es quitarles las cintas de los zapatos y los cinturones, para evitar suicidios, pues muchos de éstos prefieren perder la vida a perder la libertad. O traigamos a la memoria las paradigmáticas palabras de Daniel Arismendi (el mocha orejas) que declaró que “prefería perder la vida a ser pobre o estar en la cárcel”. Sin duda esta es una de las virtudes más apreciadas y defendidas por todos los hombres... pero es también la virtud más devastadora que poseemos, pues con el mal uso de ésta ha habido hombres que han provocado escalofriantes crímenes, genocidios y destrucciones. Es pues una virtud energiquísima, semejante a una arma de fuego en nuestras manos con la cual podemos pelear por nuestra soberanía, luchar contra la tiranía, hacer justicia , destruir al inocente, someter a los débiles o acribillar a nuestros semejantes.

Es por eso que creo que tampoco es del todo válido decir que Dios le da la libertad al hombre y en base al uso que éste haga de ella, Él lo juzgará al final de su vida. El darle esta virtud al hombre y exigirle que sepa usarla en un lapso de treinta, cincuenta u ochenta años, desde que nace hasta que muere, sería como poner un revolver en las manos de un bebé y exigirle que aprenda a hacer un buen uso de éste sin jamás haberle enseñado a manejar lo que hemos puesto en sus manos. Sin afán de salirme del tema quisiera añadir que hay gente que jamás aprende álgebra, gente incapaz de mantener una relación conyugal estable o incluso quienes nunca aprenden a decir “haya” en lugar de “aiga''; ¿cómo es posible entonces que le exija Dios al hombre a usar virtuosamente su libertad en la corta vida con la que nos favorece la naturaleza? Es cierto que mucha gente en este mismo lapso de tiempo aprende a usar su libertad y a tomar decisiones inteligentes, dignas de su naturaleza racional (en capítulos posteriores expondré algunas supuestas hipótesis al respecto), pero de cualquier forma éstos son minoría.

Veamos otro ejemplo sobre el castigo a priori:

En la pasión de Cristo, quien vendió al mesías al sanedrín fue uno de los mismos apóstoles de Jesús, un apóstol que él mismo escogió: Judas Iscariote. La historia cuenta que Jesucristo sabía que Judas habría de traicionarlo y aún así lo hizo uno de sus 12 allegados. Aunque Judas a través de los siglos ha sido catalogado como el hombre más ruin de todos los tiempos -en La divina comedia, el mismo Dante lo colocó en el fondo del cono del infierno, haciéndelo merecedor del peor de los sufrimientos al ponerlo dentro de la misma boca de lucifer, pues para Dante en el noveno nivel del infierno yacían los más ruines de los pecadores: los que traicionaban al amor -, pero ¿acaso no necesitaba Jesucristo de un traidor para morir en la cruz y salvar así a los hombres? Por lo tanto Judas al momento de nacer ya traía consigo el estigma de ser el traidor del enviado de Dios -un traidor necesario para el cumplimiento de la misión del Cristo. Y tan se arrepintió el Iscariote de su vileza que prefirió suicidarse a vivir con el remordimiento, así que ni siquiera Judas se condenó al “infierno” puesto que se arrepintió un minuto antes de morir y según dicen los católicos esto es más que suficiente para ganarse la gloria; ¡y aún así Dante lo puso en el fondo de su infierno, y aún así los mexicanos lo convertimos en piñata o le prendemos fuego!... pobre Judas.

Crear pues a un ser bajo estas condiciones es como castigar a alguien antes de cometer alguna falta, es condenar a un futuro de sufrimiento a quien aún no existe. Un dios que actuara de esta manera no sería un dios de amor infinito. Un dios así no es el tipo de Dios que merece mi respeto, amor ni veneración. Porque mi Dios no puede crear por gusto a un sentenciado al sufrimiento eterno.

Esto nos lleva a la estremecedora conclusión de que: nadie puede ser condenado al desamor de Dios, que no importa lo que hagamos en la vida, tarde o temprano y aunque nos tome una mayor cantidad de tiempo y lágrimas que a otros, todos llegaremos a la presencia de nuestro creador. El único destino al que Dios por noble deleite nos puede condenar es al de ser felices por siempre.


III
IMPOSIBILIDAD DE ESPACIO

El filósofo idealista Federico Hegel dijo que “todo es Dios y Dios es todo”, lo cual me parece una maravillosa idea, pero bastante fácil de derrumbar como juicio lógico, pues se podría atacar diciendo que: si todo es Dios, entonces mi gato es “Dios”, mi computadora es “Dios'' y yo mismo soy “Dios”, lo cual a todas luces es falso. Pero si corregimos esa frase y decimos que “todo es parte de Dios y Dios es la integración del todo”, entonces estaríamos diciendo algo lógico, sólido y bien estructurado; pues si Dios es el creador del cosmos, entonces cada parte de éste forma parte de Dios y contiene parte de su esencia y de igual manera el conjunto de todas esas partes conforma a Dios. En cada átomo del universo, en cada corpúsculo de polvo estelar se encuentra inscrita la presencia de su creador.

El infierno pues debería ser un lugar en el cual no se encontrara a Dios en ninguna parte y en donde ninguna parte de este lugar contuviera esencia alguna de Dios; un lugar en donde él no estuviera presente, así fuere en el plano material como en el plano etéreo. Además si regresamos al concepto de “El Dios necesario”, en donde se afirma que Dios es un ser infinito tanto en espacio como en tiempo, entonces ese lugar en donde Dios no se encontrara debería estar “afuera” de Dios, en un universo ajeno a él al cual el Todopoderoso no tuviese acceso. Lo cual significaría ponerle un límite en su ámbito espacial y un dios limitado no es el Dios al que me refiero en el primer capítulo de este libro.

En conclusión: El Infierno es una incongruencia lógica de algunas religiones que hablan de este terrorífico lugar con el afán de conseguir el arrepentimiento de sus feligreses a través de la atrición (arrepentimiento por miedo al castigo, no por el remordimiento del espíritu que se duele por haber obrado mal). ¡El infierno NO EXISTE, nunca ha existido ni puede existir! En el universo no hay espacio para que este lugar exista.


IV
IMPOTENCIA DIVINA

De la nada, nada proviene; pero del todo, todo puede esperarse. El Todopoderoso, como el calificativo mismo lo indica: Todo lo puede. Nada hay que se niegue a su voluntad. Si todo ha sido hecho por él, entonces resulta sencillo deducir que sólo él puede deshacerlo, desbaratarlo o destruirlo a voluntad... ¿cierto? Pues no, esto es absolutamente falso. Dios NO puede arrepentirse de una decisión tomada, NO puede “razonar mejor las cosas y optar por corregir lo que ya había hecho”, deshacer lo antes construido. “Dios es acto puro sin mezcla de potencia”, como postuló Aristóteles.

“Acto: lo que es un ser en un momento dado. El “ahora” del ser.

Potencia: lo que puede ser un ser, pero aún no es. Su capacidad de ser.”

Por la misma razón, Dios no puede odiar, pues odiar significa negarse a amar y siendo Dios una entidad pura, de amor puro y puro amor, esto se concibe como una de sus limitaciones.

Asimismo Dios no puede tomar la decisión de dejar de ser perfecto u omnipresente o cualquier cosa que vaya en contra de las cualidades que hacen de él un ser único y magnánimo entre todos los seres del universo.

De tal suerte podemos deducir que si Dios no puede ir en contra de aquellos principios que lo hacen ser el Todopoderoso, de la misma manera NO puede castigar a nadie, considerando que castigar es retirar a alguien de su presencia o amor; condenar al “pecador” al sufrimiento eterno u olvido pro-purificación pasajera (comúnmente llamado purgatorio).

He escuchado decir a algunas personas que “Dios se pone triste o sufre cuando nosotros no obramos de acuerdo a sus preceptos divinos”... ¡¿En qué cabeza cabe semejante concepción de un Dios que siente dolor?! Dios no puede entristecerse, no puede sufrir por nuestros actos que se alejan de su amor, no puede llorar o deprimirse, Dios es DIOS, un ser de amor, de gozo, de alegría que comprende el porqué de nuestras nefastas acciones y decisiones, pero también sólo él sabe la verdad del porqué nos permite hacer en ocasiones tantas cosas que nos denigran como seres inteligentes y nos envilecen como seres humanos.

Quiero hacer hincapié en el hecho de que NO podemos negar que Dios todo lo puede, sería imposible hacer eso. Pero lo extraordinario de él es el hecho de tener la capacidad y libertad de hacerlo todo pero optar por hacer única y exclusivamente aquello que esté inspirado en el amor. Y siendo su amor un amor que va más allá de las fronteras de nuestra comprensión: el odiar su obra, arrepentirse de sus decisiones y destruir su creación son sus IMPOSIBLILIDADES.

En conclusión: Dios lo puede todo pero jamás haría algo que fuera en contra de su naturaleza divina y esta cualidad es a lo que llamo su límite o imposibilidad de acción. Pues para ser el dios que profesan tantas religiones y pensadores teologales, tiene que ser un Dios con estos límites auto impuestos.


V
CONTRAPARTE DE DIOS

El universo es un universo de equilibrio. Existe el frío y el calor, la obscuridad y la luz, el llanto y la risa... la vida y la muerte. En este contexto me interesa manejar este punto en la forma de un breve cuestionario:

¿Qué es lo contrario a sonido? El silencio.

¿Qué es lo contrario al fuego? El agua.

¿Qué es lo contrario a la niñez? La senilidad.

¿Qué es lo contrario al dolor? El placer.

¿Qué es lo contrario a el odio? El amor.

¿Qué es lo contrario a Dios? El diablo. El “diablo”. ¿El diablo? ¡¿El diablo?!

El diablo, Satanás, Lucifer, el demonio, el anticristo, Belcebú, Leviatán, Mefistófeles, el príncipe de las tinieblas, el señor del mal, Luzbel, el patas de cabra, el coludo, el cornudo... Él es del que siempre se habla, pero se cree lejano y su historia se cuenta como leyenda; aquel que tiene más nombres que dioses griegos hubo en el Olimpo. Y se le denomina de mil maneras, pero su verdadero nombre prefiere ser olvidado. Se dice que él es causante de las más terribles tragedias y las más dolorosas penas. Se le cree fuerte, pero él es nada, es la ausencia del todo. En fin, este ser como quiera que se le llame y aún cuando todos estos nombres y conceptos representan a un solo ente o incluso, en el supuesto de que a mil de estos seres del mal se les pusiera en una balanza para equilibrarse con Dios: ¡jamás podría ser el “diablo” la contraparte de Dios! ¿Por qué? Porque para que Satanás -en el caso de que exista-, fuera la contraparte de Dios, debería tener las mismas cualidades, potestades y virtudes que tiene Dios pero carecer al cien por ciento (de una manera total, absoluta y eterna -aunque suene repetitivo-), de la cualidad más importante y poderosa del Todopoderoso: el AMOR.

Debería pues ser un ser omnipotente, infinito en tiempo y espacio, infinito en sabiduría y omnipresente, pero que fuera absolutamente perverso y estuviese lleno de infinito ODIO. En consecuencia Dios no puede tener contraparte. El concepto del diablo es sólo eso, una mal interpretación del lenguaje. Es posible que exista un ser que cumpla con las características del ángel perverso que se reveló contra Dios y calló del cielo a la Tierra -según se describe en la Biblia-, pero este ser de ninguna manera podría compararse ni hacer contrapeso frente al creador del universo.

El símbolo oriental del Ying-Yang, en donde las dos mitades de la circunferencia en forma de gotas curvadas, una blanca y otra negra, representando respectivamente todos los extremos del universo, es correcta en casi todos los conceptos antagónicos a los que se puede adecuar con justa razón, pero en cuanto al concepto de Dios y el diablo no es posible, pues el universo es un universo perfecto y no de imperfección en donde predomina el bien y el amor y no el mal y el odio (es importante no cometer el error de pensar que también el mal es creación de Dios, pero más adelante ahondaré al respecto).

En conclusión: Dios no tiene antagónico, en el universo solamente existe Dios, los frutos de su amor y su respeto por nuestra libertad, la cual tiene justificación, razón y fundamento en su infinita sabiduría.


VI
TIEMPO DE VIDA INSUFICIENTE

Lamentablemente no puedo recordar quien lo dijo, pero lo que sí recuerdo es que alguna vez leí lo siguiente: “a veces la reputación de toda una vida depende de un minuto de mala conducta”. Esto es devastadoramente cierto, incluso un proverbio mexicano que reza, “por matar a un perro te llaman mataperros”, lo confirma. Cuántas veces no te han llamado irresponsable por olvidar algo que de ti se esperaba o por un solo instante en el que no pudiste controlar tu coraje la gente te señala como una persona majadera o neurótica. Sin duda creo que si no te ha pasado, seguramente lo has visto en alguien más. Es también posible que haya sido a la inversa y por la simple coincidencia de saber algo en determinado momento, te hayan considerado un experto en la materia y te hayas ganado un estatus inmerecido.

En este instante me vienen a la mente muchos y variados recuerdos de mi adolescencia. En la secundaria donde estudié, cada uno de mis once maestros nos calificaba la conducta mostrada en su clase. Podías mantener una buena conducta durante todo el mes, pero si tan sólo una ocasión te levantabas de tu mesabanco o hacías algo que se suponía no debías estar haciendo en ese preciso momento, era más que suficiente para que el maestro te sacara del aula o te bajara un punto en tu calificación de conducta. Pero la cosa no terminaba allí, pues el reglamento indicaba que si tenias diez calificaciones de diez con los demás maestros, pero un nueve con el último de ellos, los diez dieces no se te promediaban junto con el nueve sino que tu calificación mensual en conducta era la calificación más baja que obtuvieras de manera global, es decir: el nueve. Obviamente de esta manera se intentaba mantener un estricto control entre el alumnado pero... si analizamos esta forma de evaluar la conducta de mi ayer abominada pero hoy querida secundaria, llegaríamos a la conclusión de que si te portabas bien durante las ciento treinta y nueve horas con cincuenta y nueve minutos y cincuenta y cinco segundos del mes pero llegabas a comportarte de una manera inadecuada durante cinco segundos, este comportamiento de cinco segundos bastaba para echar a perder todas las demás horas, minutos y segundos de buen comportamiento, algo infame ¿no?

Esta forma tajante de juzgar los actos del hombre son también evidentes en nuestra sociedad, pues a aquel que mata por algún motivo que envuelva cualquiera de las agravantes de premeditación, alevosía, ventaja o traición, lo llamamos asesino sin importarnos cuáles fueron las circunstancias que quizá lo obligaron a realizar dicho acto. Tampoco nos interesamos por el tipo de vida que pudo haber llevado de manera honesta e intachable durante cincuenta años. Insisto que esta es una forma social de juzgar, mas no la jurídica, pues la ley favorablemente si toma en consideración estas circunstancias, llamadas atenuantes del delito.

Nos parece lógico que en nuestro sistema penal las cosas se juzguen de manera drástica, pero ¿estamos en verdad de acuerdo en que el juez de jueces, Dios, nos evalué de esta misma manera? En verdad puede alguien comportarse tan mal durante toda su vida como para ser condenado al eterno sufrimiento o desamor de Dios por el resto de la eternidad... o por qué no verlo desde el otro ángulo, ¿puede alguien ser tan bueno como para merecer la recompensa infinita de la gloria, por haber observado buena conducta durante ochenta años de vida? ¿Podría este hombre en verdad valorar la gloria eterna? Aparentemente no queda otra razón que justifique el dolor que se experimenta en esta vida, si ese dolor no conlleva a la necesidad de sentirlo para después librarse de él y poder valorar la dicha de jamás volver a padecerlo.

Después de todo, podría aceptar que un Dios de amor puro le permitiera a un hijo suyo estar en su presencia después de mostrar una evolución y un comportamiento excepcionales como es el caso de aquellos a quienes llamamos santos; pero me parece inaceptable que este mismo Dios de amor puro sea capaz de condenar a uno de sus hijos al castigo eterno por un instante de mala conducta. Además, todo castigo tiene una razón de ser, esta razón puede ser servir de ejemplo a los que aún no se han portado mal para conocer lo que podría sucederles si desvían su conducta; también podría ser el corregir al infractor para que reivindique sus pasos, pero un castigo eterno ¿qué es lo que enseña? Para contestar esto recordaré el fragmento de un programa televisivo que hizo profunda huella en mi conciencia y aún cuando se trate de ciencia-ficción, creo que vale la pena describirle a mi lector el intenso mensaje que los productores de dicha serie transmitieron a su audiencia en ese capítulo:

En una nave estelar se juntaron dos capitanes, uno era humano y el otro era de alguna raza extraterrestre. Cada uno de ellos venía acompañado de un pelotón de soldados. El motivo de su encuentro era hacer una negociación para alcanzar la paz entre ambas civilizaciones, pues en los últimos siglos ambas sociedades habían vivido en un estado de guerra permanente (semejante a la Guerra Fría que durante años sostuvieron los gobiernos de Estados Unidos de América y la ex Unión Soviética). Los capitanes se encontraron en un lugar neutral y dieron su palabra de que ellos y sus respectivos soldados se comportarían de una manera correcta y pacífica mientras estuvieran juntos en la ya mencionada estación de encuentro. Resultó entonces que a mitad de las negociaciones en una de las cubiertas, dos soldados se encuentran y recordando la ancestral rivalidad que existía entre sus planetas, intercambiaron palabras y comenzaron a pelear, arruinando pues el compromiso de honor que sus capitanes se hicieron. Llegaron más soldados de ambos pelotones y la pelea se hizo aparatosa. Finalmente los capitanes fueron notificados del conflicto y llegaron presurosos al lugar de los hechos. Cada cual separó a sus hombres y molestos preguntaron quiénes habían sido los iniciadores de la pelea. Valerosamente el soldado humano y el alienígena dieron un paso al frente y aceptaron haber sido ellos los autores de la riña. El capitán extraterrestre en un gesto de poder y autoritarismo tomó a su subordinado por la cabeza y le rompió el cuello de un violento tirón, cayendo éste muerto al instante. El capitán humano viendo la atrocidad que su análogo había cometido, voltea a ver a su soldado y enérgicamente le ordena que valla a su habitación y lo conmina a permanecer arrestado toda una semana por haber desobedecido sus instrucciones. Entonces el líder del pelotón enemigo le reclama diciéndole que le daba asco atestiguar que se mostrara tan blando con sus hombres y le preguntó si acaso no había visto que él mismo, con sus propias manos había matado a su insubordinado elemento, incluso terminó su recrimino comentando que si se mostraba tan blando ante sus soldados, estos jamás aprenderían a respetarlo. El capitán humano tomó un profundo respiro y respondió con un sabio comentario: “mi autoridad no la demuestro asesinando a mis hombres, además desde mi punto de vista un hombre muerto no puede aprender de sus errores”. Y es precisamente esa frase la que me impactó, el decir que “un hombre muerto no puede aprender de sus errores”. (Una vez más me disculpo por utilizar en mi disertación un fragmento de ciencia-ficción en algo que considero tan serio como lo es el hablar de Dios. No me gustaría que mi lector lo considerase banal, pero sinceramente creo que era el ejemplo más adecuado para el argumento que intento esgrimir en esta sección).

Retomando el tema original quisiera hacerle a mi lector una pregunta sencilla. ¿Qué enseña a un ser humano un castigo infinito? Por favor no continúes leyendo sin antes intentar encontrar una respuesta convincente.

¿Acaso no sería para el hombre, el supuesto infierno, un castigo infinito semejante a lo que fue la muerte para el soldado extraterrestre, un estado del cual no hay regreso para enmendar los errores cometidos? Un castigo de esta naturaleza sólo enseñaría que Dios es un dios rencoroso, tirano y vengativo, un dios capaz de odiar eternamente a quien lo desobedece... pero para aquellos que digan que por esa razón Dios nos permite arrepentirnos EN VIDA, les suplico que lean con avidez el siguiente capítulo que versa sobre la “libertad inmaterial”.


VII
LIBERTAD INMATERIAL

De manera innata el ser humano puede llegar a la concepción de libertad, porque incluso un hombre que hubiese crecido en soledad en medio de la selva amazónica, sería capaz de reconocer lo que es ser libre o lo que es estar atado a las raíces de un árbol en un pantano. La conciencia y el amor por la libertad nacen con el mismo hombre. No obstante los seres animados aún inconscientes tienen libertad de acción. Pero la gran diferencia entre estos últimos y el hombre es la libertad para arrepentirse. Sí, esa capacidad de arrepentimiento es la que denota un aspecto de nuestra evolución no solamente mental sino también espiritual. Muchas son las iglesias que sostienen que la salvación se consigue mediante el profundo arrepentimiento de los pecados cometidos: la contrición.

Para analizar la verdadera naturaleza de la libertad humana preferiría recurrir a la descripción y separación que hiciera el gran Santo Tomas de Aquino, entre cuerpo, vida, alma y espíritu, que a continuación sintetizaré usando mis propias palabras:

Todos los cuerpos nacidos de la naturaleza tienen algo en común y este factor común es la materia, es decir que están constituidos por átomos, elementos y moléculas percibibles por los sentidos. Tanto una roca, como un árbol, un animal o un hombre poseen materia.

La diferencia entre la roca y el árbol radica en que los elementos y substancias que constituyen el cuerpo del vegetal están perfectamente sincronizados e interactúan los unos con los otros para darle una característica diferente: la vida. La planta puede crecer, reproducirse y dejar de funcionar hasta la degradación total. La planta tiene una especie de sincronización perfecta de movimiento íntimo que la hace diferente de la roca. La VIDA es la gran diferencia. No obstante también el animal y el hombre poseen esta cualidad de vida.

Entre el árbol y el animal existe otra diferencia básica que no es la capacidad de desplazamiento pues existen plantas que pueden moverse de manera refleja como lo son las carnívoras o lenta y exquisitamente como los girasoles que con su corola siguen al astro rey en su camino por el firmamento. La gran diferencia radica en la voluntad de hacer o no hacer, en la intención de actuar y en la percepción de sensaciones y emociones. Un tigre aún guiado por su instinto puede decidir entre perseguir a un ave o dejarla comer a su lado. Un perro puede atacar a un hombre o echarse mansamente a sus pies. Los animales experimentan curiosidad, alegría o tristeza de manera muy semejante al hombre, cosa que le es ajena a una planta. Un animal puede decidir y actuar, una planta no. El animal tiene ánimo, deseos, predilecciones y capacidad de aprendizaje; puede proteger o destruir a sus semejantes, tiene un conjunto de virtudes de las que carece un vegetal, tanto físicas pero sobretodo intelectuales y emotivas y esto en conjunto se define como “el alma”. Esta capacidad que le da ánimo al animal es su alma. Es pues este elemento al que llamamos alma, la gran diferencia entre la roca y el árbol que no la poseen y entre el animal y el hombre que sí la tienen.

Pero existe otra profunda diferencia entre el hombre y el animal, la cual por cierto cabe mencionar que no es el AMOR, pues tanto el hombre como el animal son capaces de percibirlo y brindarlo (los que no estén de acuerdo, les recomiendo que vivan con un gato de mascota por algunos años). La gran diferencia entre ambos es la conciencia de la divinidad, es decir la capacidad de buscar a Dios, la necesidad que tiene el hombre de sentirse protegido por un ser supremo, la conciencia innata de la búsqueda de la inmortalidad y la trascendencia más allá de la vida. La conciencia de sí mismo, el preguntarse ¿quién soy, qué hago aquí, de dónde vengo, quién me creó, hacia dónde voy? Y con esta conciencia del “yo soy y existo”, nace la capacidad de distinguir lo bueno y lo malo. La voluntad perfecta de pecar o actuar de manera virtuosa. Esa conciencia del tiempo, el propio ser, lo infinito, lo bueno, lo malo y la capacidad para elegir entre estos, conforman la sustancia de lo que llamamos espíritu. El espíritu, que también podría definirse como el reflejo de la sabiduría divina en el hombre es la gran diferencia entre el hombre y los demás seres animados e inertes de la naturaleza.

Así pues la capacidad para decidir en hacer lo bueno o lo malo así como del arrepentimiento de aquello que éticamente percibimos como negativo esta inscrito en el espíritu y no en la materia, pues aunque la roca, el árbol y el animal tienen materia, no poseen esta virtud. De tal suerte, si tomamos estos principios como premisa llegamos a la conclusión de que la perfecta y más pura expresión de libertad esta contenida en el espíritu y no en la materia y si ese espíritu es inmortal y eterno, ¿por qué su decisión y voluntad se tendrían que ver limitados a la perennidad de la materia? Para explicar mejor este planteamiento, quisiera recordar que la religión católica argumenta que existe una sola vida para el perdón de los pecados y que si en esta vida actuamos mal, al morir iremos al “infierno”; pero que si nos arrepentimos de corazón por nuestras vilezas un instante antes de morir, Dios nos perdonará y nos recibirá en su gloria. Por lo tanto si la libertad para arrepentirse está inscrita en el espíritu y no en la materia y si al degradarse el cuerpo material sobrevive el inmaterial -vuelvo a preguntar-, ¿por qué el espíritu no puede arrepentirse después de que la materia ha muerto? Si el espíritu sigue siendo consciente de sí mismo, entonces aún después de haber muerto en esta vida, el individuo puede seguir tomando decisiones y por lo tanto puede arrepentirse de haber obrado mal. Las decisiones las toma el espíritu y no el cuerpo material, éste es sólo un vehículo a través del cual el espíritu se comunica con el mundo físico, pero insisto: no es el cuerpo quien tiene la libertad de tomar las decisiones. ¡La libertad espiritual es inmaterial e inmortal! Por lo tanto...

¡ Sí Podemos arrepentirnos después de la muerte!


VIII
LA NECESIDAD DE VARIAS VIDAS

El espíritu humano necesariamente tiene que ser inmortal porque de no ser así no tendría ningún sentido experimentar ni aprender lo que asimilamos en esta vida. Por otra parte, si el espíritu puede seguir decidiendo después de la muerte, también puede seguir aprendiendo en el lugar en que se encuentre. Cuando nos equivocamos en este mundo así como al fallar un examen en la escuela, la mejor manera de enmendar nuestros errores es rehacer lo que hicimos mal o en el caso de la escuela volver a presentar el examen que incluya el tema en el que fallamos. Si vivimos toda una vida llena de desaciertos, necesitamos vivir otra vida en la que se nos vuelvan a presentar condiciones semejantes para aprender aquello que en una vida anterior pasamos por alto, como en el sistema educativo lo sería el repetir el año escolar.

Como ya mencioné con anterioridad, un castigo eterno para el pecador es una injusticia aberrante, pues Dios de antemano sabe mejor que nadie lo falibles, ignorantes y ciegos que somos. Él conoce el presente el pasado y el futuro de todo cuanto existe en el universo, desde antes de nacer conoce cuáles serán nuestros defectos y peores fracasos, es por eso que considerándolo un ser infinitamente misericordioso, se antoja necesario el que nos de cientos, miles, cientos de miles o millones de oportunidades para corregir nuestras faltas, ¿acaso no? No obstante en una sola vida es posible que a consecuencia de nuestra educación o las circunstancias en que nos tocó nacer, jamás adquiramos la capacidad de corregir ciertos errores aún cuando lleguemos a darnos cuenta de que estamos haciendo lo incorrecto. Recordemos que hay personas que no cumplen años sino cumplen muchas veces el mismo año; repiten los mismos errores toda su vida hasta el día en que mueren: vicios, arranques de ira, traiciones, mentiras, imprudencias y todas aquellas antivirtudes que nos acompañan en este mundo.

Siempre nos ha parecido misterioso y de sobremanera extraño que existan personas que nacen en senos familiares bastante avenidos donde no existen carencias materiales, reina el amor entre sus integrantes y por otro lado, seres que nacen en circunstancias totalmente diferentes, en hogares donde impera la miseria y el desamor. Conocemos también el caso de gente buena que sufre tragedias inhumanas sin merecerlas. Hemos vistos a niños salvajemente abusados y asesinados sin motivo alguno. Si absolutamente todos los seres humanos nacemos puros, indefensos, inocentes y limpios, ¿por qué entonces algunos merecen desde sus primeras horas de vida los peores sufrimientos y otros reciben exquisitos placeres y cuidados? ¿En dónde está la justicia divina de un Dios amoroso y compasivo? Esta justicia divina se sustenta no en la venganza ni en la crueldad sino en la necesidad del aprendizaje.

Son muchos los testimonios de personas que han hecho regresiones hipnóticas para conocer sus otras vidas (lo cual puedes o no creer). Tú mismo has tenido en tu vida experiencias sobrenaturales o premoniciones que se cumplen. Quizá as percibido sensaciones, alegrías o nostalgias que no se relacionan con nada de lo que has vivido en este mundo. Probablemente has conocido personas que sientes en lo más íntimo de tu ser que ya has tratado con anterioridad aún cuando sea la primera vez en tu vida que cruzas una palabra con ellas. Yo mismo puedo confesarte que en algunas ocasiones he experimentado o percibido a nivel subconsciente lo que se siente morir aún cuando sigo vivo. ¿No serán estos los ecos sensibles de verdaderas vidas pasadas? ¿En verdad crees que para llegar a la gloria eterna puedes purificar tu espíritu en una sola vida, puedes alcanzar ese grado de perfección y conocimiento en 60, 80 o 100 años que puedas vivir? Indudablemente aprendemos miles de cosas pero siempre habrá millones más que tenemos que aprender. La necesidad del aprendizaje rige a la justicia divina.

Si en alguna vida mataste sin remordimiento a un semejante, la mejor manera de sopesar tu barbarie sería ver morir a alguien que es importante en tu vida y experimentar la desolación y angustia que vivieron aquellos que amaron al ser que tú asesinaste sin escrúpulos. Si robaste, aprenderías la magnitud de tu bajeza siendo robado. Si mentiste, siendo engañado. Y por qué no irme al extremo, si le privaste la oportunidad a un ser de llegar a este mundo, ser privado tú también de esa oportunidad: ser abortado. Si nacemos rodeados de circunstancias adversas y padeciendo ciertos males es porque esas circunstancias nos van a enseñar algo que necesitamos aprender en nuestro proceso evolutivo espiritual. Sí, porque no sólo la materia evoluciona, sino que el espíritu al aprender, también discurre por un proceso evolutivo; lo que para la materia es el desarrollo físico y cerebral, para el espíritu es el desarrollo emocional, es en el aprendizaje. La rematerialización (que explicaré a detalle más adelante y que no es lo mismo que la reencarnación pero se asemeja bastante), parece ser un proceso necesario para que se cumpla este cometido, de otra manera jamás encontraríamos explicación al inadmisible sufrimiento de tantos inocentes cuyas trágicas historias nos consternan día con día. Los santos quizá alcanzan un grado de evolución espiritual que probablemente “saltan o avanzan” su tránsito por varias vidas, considerando que cada vida es una etapa de nuestro aprendizaje universal; mientras tanto el resto de nosotros necesitamos seguir aprendiendo, seguir viviendo muchas vidas para ser capaces de valorar en verdad lo que llegar a Dios significa.


IX
EL PERFECTO MOMENTO DE LA MUERTE

Recuerdo un triste caso de cuando yo era niño, en que al salir de la escuela y bajar del transporte que me llevaba de la preprimaria a la casa, vi tendido sobre el asfalto el cuerpo de una persona con una sábana teñida de rojo sobre la cabeza. Mi mamá fue por mí, me tomó de la mano. Para evitar que presenciara tan grotesco espectáculo nodeó a la ambulancia y a los curiosos reunidos alrededor de aquel cadáver que yacía en el pavimento, para caminar luego presurosos hacia la casa. Esa escena me impactó de sobremanera, pero aún siendo un niño de cinco o seis años, hizo en mí más mella la historia que a mi madre le relatara después una vecina sobre la muerte de aquel muchacho. Según contaba esta señora, aquel joven estaba por la tarde en su humilde casa esperando a que su mujer le sirviera una taza de café. Resultó que mientras esperaba su bebida tuvo antojo de pan, así que levantándose de la mesa le dijo a su esposa que iría a la panadería y estaría pronto de regreso. La también joven muchacha le pidió que no fuera, argumentando que sería mejor mandar al hijo de una vecina que siempre les hacía los mandados, pues él venía de trabajar de la obra y era mejor que descansara mientras el café estaba listo. El marido insistió en ir personalmente aún cuando se le daban buenas razones para esperar en casa. Pero lo más escalofriante de la historia fue que de pronto se mostró terriblemente apresurado y ansioso por salir de su hogar. La esposa ya había localizado al niño mandadero y le estaba dando unas cuantas monedas cuando vio que su esposo tomó la bicicleta y aceleradamente, sin razón aparente, emprendió una frenética fuga sin regreso. Al recorrer los doscientos metros de la gran pendiente de su casa, la bicicleta había alcanzado una estrepitosa velocidad y al llegar exactamente a la intersección entre la calle por la que él descendía y la avenida principal, una brumosa figura metálica acompañada del rugir de un motor, apareció a un costado de la llanta delantera de su bicicleta y en un instante el joven albañil volaba por los aires ya sin vida. Prácticamente murió sin darse cuenta que lo habían embestido. El vehículo que lo impactó huyó del lugar y el muchacho despedazado e irreconocible jamás llego por el pan... jamás regreso a su casa para tomar el humeante café que le preparaba su mujer... sin embargo fue increíblemente puntual para asistir a su última cita. Parecía como si la ansiedad que lo impulsó a salir de su hogar fuera la prisa que tenía por encontrarse con la muerte.

Ahora pasados casi veinte años de aquel suceso, analizo que tomando en consideración las velocidades del vehículo y la bicicleta, me parece espeluznante descubrir que no hubiera sido un segundo, sino una décima de segundo la diferencia radical entre la vida y la muerte de ese joven. Medio segundo menos de camino, una palabra más de su mujer o una pedaleada más a su bicicleta le hubiesen salvado la vida. Y aunque en este caso particular, dadas las condiciones en que se presentó, me parece increíble que el muchacho haya muerto, así mismo sucede con nosotros: todos llegamos puntualmente a nuestra cita de muerte.

Morimos en el momento exacto de nuestra muerte. Aún cuando esta frase parezca un axioma innecesario de expresar, es absolutamente cierto que morimos en el momento exacto que nos toca morir; no se nos regala ni un segundo más, ni se nos escatima un instante menos. Morimos porque necesitamos morir.

Sin embargo si la prístina razón de la vida es el aprendizaje, ¿por qué morimos cuando parece que todavía tenemos mucho que aprender? Bueno... resulta importante destacar que mientras se aprende, queramos o no, también enseñamos. En el universo -como enseñan los principios de metafísica-, todos estamos colocados en un escalón de aprendizaje, no obstante los que se encuentran en el peldaño más alto de la escalera de sabiduría, siguen aprendiendo de todos los que se encuentran en los niveles inferiores. El más alto también aprende del que se encuentra en el peldaño más bajo. ¿Acaso no es cierto que incluso los niños son capaces con todo y su inexperiencia de enseñarnos algo? Entonces por qué no pensar o considerar la posibilidad de que nuestra vida termina cuando hemos aprendido todo lo que teníamos que aprender en esta vida o también en el momento en que hemos enseñado, aún involuntariamente, todo lo que teníamos que enseñar e incluso que se consume la situación que resultaría ideal: morirnos en el instante preciso en que hemos aprendido todo lo que teníamos que aprender y enseñado todo lo que teníamos que enseñar. Si no analizamos al momento de la muerte desde este ángulo, resulta imposible entender el porqué tanta gente muere tan joven teniendo tantos proyectos por delante o por qué personas sin oficio ni beneficio no mueren. De esta manera podríamos deducir que después de morir vivimos otra vida bajo otras circunstancias para aprender cosas que en esta vida jamás podríamos aprender, pues el hombre rico necesita saber lo que es la miseria para valorar la abundancia y el pobre necesita conocer la prosperidad para descubrir que la vida no es sólo sufrimiento; el que goza de salud debe conocer la discapacidad para considerar al minusválido en su lucha diaria por la vida y la dignidad, pero el que tuvo alguna discapacidad física debe conocer la plenitud de la salud para valorar esta bendición y así sucesivamente los antagónicos ocupan cambiar posiciones para aprender de una forma integral el valor profundo que encierra la oportunidad sagrada de la vida: el aprendizaje de vivir para evolucionar al momento de morir.

Al momento exacto de nuestra muerte llegamos con el aprendizaje necesario para continuar nuestro camino y las enseñanzas suficientes para ayudar a los otros en el suyo. Morimos al cumplir una misión, experimentar una emoción, vivir una experiencia o dejar una enseñanza que fomente nuestra evolución espiritual. No es casualidad ni tragedia, sino necesidad el hecho de morir en el momento exacto de nuestra muerte.


X
“REMATERIALIZACIÓN”, NO REENCARNACIÓN

Retomando como punto de partida un capítulo anterior en donde hablaba de la necesidad de vivir muchas vidas para evolucionar espiritualmente y seguir aprendiendo todo aquello que nos enseñe a valorar lo que significa estar en la presencia de Dios... deduzco la necesidad de la reencarnación progresiva, mas no en la devolutiva, es decir que creo que podemos reencarnar en seres semejantes al que somos en esta vida o quizá mejores, tal vez otras razas inteligentes de otros mundos mayoritariamente evolucionados en donde la sabiduría colectiva es superior; pero en verdad no creo que podamos reencarnar en seres inferiores como vacas, insectos y todas esas especies a quienes su naturaleza aún no les permite aprender de la manera tan consciente como lo podemos hacer nosotros. Reencarnar en un ser inferior no ayudaría en nada a nuestro aprendizaje, aunque con esto no me atrevo a especular que quizá en un momento y por razón de experimentar sensaciones puras y meramente físicas, alguna vez nuestra esencia divina pudo haber habitado el cuerpo de un ser inferior. Si vamos a pescar, necesitamos de un vehículo que nos permita adentrarnos en la mar para cumplir nuestro cometido, por lo tanto no podemos aventurarnos al agua montados en una carreta jalada por caballos, ni en un vehículo cuatro por cuatro pues aún y con su potencia y desempeño de nada nos sirve para ayudarnos a cumplir nuestro fin que es el de capturar peces que habitan en el fondo de las aguas. Del mismo modo, para evolucionar espiritualmente y aprender más y más sobre nosotros, el mundo en que vivimos y buscar a Dios, necesitamos de un vehículo preparado para transmitirnos estos conocimientos y experiencias que percibe del mundo exterior, por lo tanto nuestro espíritu debe habitar en un ser con un desarrollo mental apto para cumplir con esta tarea.

Si hace 65 millones de años los dinosaurios no se hubiesen extinguido, muy probablemente la raza humana no habría podido llegar a ser lo que hoy es y hubiésemos sido exterminados por algún tipo de reptil prehistórico que cientos de siglos atrás habría alcanzado la capacidad intelectual con la que hoy nosotros contamos. Si el hombre en aproximados 50 mil años de evolución, pero sobretodo en el siglo anterior, ha llegado a la luna, descubierto la energía nuclear, puesto sondas y telescopios para explorar el cosmos, descifrado el genoma humano y desarrollado todos los portentos tecnológicos y científicos de los que somos testigos, -repito- ¡tan sólo en 50 mil años de existencia! ¿Podríamos imaginar qué nivel de desarrollo mental y científico, así como espiritual tendría una raza con 65 millones de años de evolución? Nos resulta difícil imaginar a un Einstein con escamas y cola o a un Dalí con alas y piel verde, pero así hubiera sido y esos seres preparados cerebralmente para un aprendizaje del más alto nivel podrían ser los vehículos que nuestros espíritus podrían utilizar para buscar su trascendencia. Asimismo los seres inferiores con los que hoy convivimos y algunas veces hasta servimos en suculentos platillos en nuestras mesas, al evolucionar física y encefálicamente podrán llegar en algunos millones de años a ser tan aptos para aprender como hoy lo somos nosotros y nuestra energía vital podrá encarnarse en ellos para seguir creciendo y buscando su reencuentro con el Todopoderoso.

Si nos mantenemos en esta línea lógica de pensamiento, ¿por qué no creer también en la reencarnación de metal y de silicio: reencarnar (ramaterializarnos) en una máquina inteligente? Antes de continuar con mi argumento quiero transcribir un pensamiento de Carl Sagan:

Porque nosotros somos la encarnación local del cosmos que ha crecido hasta tener conciencia de sí. Hemos empezado a contemplar nuestros orígenes: sustancia estelar que medita sobre las estrellas; conjuntos organizados de decenas de miles de billones de billones de átomos que consideran la evolución de los átomos y rastrean el largo camino a través del cual llegó a surgir la conciencia, por lo menos aquí. Nosotros hablamos en nombre de la tierra (y de los otros seres, conjuntos de átomos igualmente organizados que aún no aprenden a hablar o al menos a hacerse entender por nosotros -añadiría yo muy personalmente). Debemos nuestra obligación de sobrevivir no sólo a nosotros sino también a este cosmos, antiguo y vasto del cual procedemos.

Analizando las palabras de este ilustre hombre de ciencia y parafraseando al filósofo griego Demócrito quien dijo que “Todo el universo es sólo átomos y el espacio que hay entre ellos”, es decir que todos los seres somos espacio y átomos en evolución; entonces regreso a mi pregunta inicial: ¿por qué no creer también en la reencarnación de metal y de silicio: reencarnar en una máquina inteligente?

Entre el cuerpo humano y el cibernético no hay diferencia, simplemente el primero es orgánico y el segundo es inorgánico, pero de hecho a lo más que han llegado los biólogos es a definir que orgánico es aquel ser que se constituye primordialmente de “CHON” (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno). ¿Pero qué son estos cuatro elementos básicos?... son sólo elementos y nada más, así como el silicio, el hierro, el tungsteno o el cobre son sólo elementos y nada más. ¿Entonces por qué le damos categoría de vivo a un ser orgánico y de inerte a un ser inorgánico? Imaginemos el caso de un mundo lejano en el que tomando como base las condiciones extremas y atmosféricas de dicho lugar, el único ser inteligente que pudiese desarrollarse fuese uno con la piel cubierta de rojizo cobre y hubiese adaptado su sistema respiratorio a asimilar helio en lugar de oxígeno... por el simple hecho de no estar compuesto de CHON, ni respirar aire como el que nosotros respiramos, ¿nos atreveríamos a decir que no tiene vida? Quizá la diferencia entre la vida y la ausencia de ésta radica en la capacidad para mantener, conducir y equilibrar la energía vital contenida en ambos cuerpos y que indudablemente en los cuerpos orgánicos se utiliza de una manera extraordinariamente más complicada y precisa que en uno inorgánico. Insisto que entre el cuerpo humano y el cibernético no hay diferencia, ambos son combinaciones estables de átomos interactuando para crear una estructura o vehículo físico con el cual podamos desenvolvernos, actuar y aprender en este mundo material.

Si en lugar de usar el término de reencarnación, utilizamos el de rematerialización, quizá nos cueste menos trabajo entender la posibilidad de habitar en un cuerpo orgánico o en uno inorgánico. Es viable que le dejemos abierta la puerta al creer posible la existencia del proceso continuado de la reencarnación es decir, creer que verdaderamente reencarnamos, pero abrir también nuestra mente a la posibilidad de que en un futuro cercano podamos reencarnar en una máquina descarnada, aún cuando esta idea nos espanta y ofende tanto como le hubiese sucedido hace un siglo a algún anglosajón rubio y de pálida piel a quien se le dijera que un hombre de raza negra podría donarle sangre e inclusive órganos internos para ser implantados en su propio cuerpo y así pudiese seguir viviendo -algo que hoy sabemos cierto, vemos natural, lógico e incluso ético. Y pongo un ejemplo racial porque los blancos arcaicamente han despreciado a los hombres de color por la simple razón de ser diferentes. Sí, sólo por ser diferentes los masacraron y esclavizaron. Sólo por ser diferentes llegaron en su inaudita ignorancia a pensar que entre ellos y los negros no había nada en común, de la misma forma en que hoy creemos que entre una máquina inteligente (cuando lleguen a existir) y entre nosotros no habrá nada en común. Si una máquina llega a estar lista para asimilar el mundo material y es capaz de transmitir esas percepciones y experiencias a nuestra mente espiritual parece necesario creer que nuestra energía vital e inmortal podría en algún momento dado implantarse en ella para continuar su proceso de aprendizaje.

Luego a la sazón de estos argumentos, sí podemos abrirle la puerta de nuestro entendimiento a la posibilidad de rematerializarnos en metal y silicio.


XI
EL MÍSTICO CRISTO

Resulta casi imposible hablar de Dios sin hablar de aquellos que han ayudado a la humanidad en su búsqueda de la divinidad. Entre las doce principales y más grandes religiones del mundo actual encontramos a los siguientes: Ali-Muhammad fundador del Bajaísmo; K'ung Fu Tzu (Confucio) del Confucianismo; Mahavir del Jainismo; Nanak Dev del Sikhismo; los que en su momento fueron los más significativos representantes de las trece antiguas sectas japonesas del Sintoismo; Lao-tsé del Taoísmo; Zaratustra del Zoroastrismo; y a falta de un fundador histórico identifiquemos a Mahatma Gandhi como uno de los máximos representantes del Hinduismo; Siddharta Gautama del Budismo; Abraham quien a través de una alianza con Dios se convirtió en patriarca de muchas naciones es considerado de cierta manera el fundador del Judaísmo; Mahoma del Islamismo; Jesucristo del Catolicismo y todas aquellas religiones identificadas como cristianas.

Analizando la vida y obra de todos estos hombres que tan notablemente influyeron en el acontecer mundial sirviendo como líderes de masas, revolucionarios, profetas y portadores de la “verdad” que profesaban, podemos encontrar ciertos patrones comunes de carácter ético, en otras palabras: ninguno de ellos defendió que el homicidio fuera una sana práctica, como tampoco el engaño, el robo, la traición y todas aquellas antivirtudes y actitudes negativas que de manera innata el ser humano sin ningún adoctrinamiento religioso es capaz de percibir como incorrectas o destructivas. Sin embargo el personaje que resalta más enigmático, misterioso, sorprendente y magnánimo es probablemente Jesucristo de Nazaret. Y me aventuro a considerarlo así, por el hecho de que es el único de todos que pregonó haber sido hijo de Dios (según indican los textos sagrados a través de diferentes escritores); el único que gracias a la aceptación de su doctrina por Justiniano (el último emperador del imperio romano de oriente, que hiciera del cristianismo la religión oficial de su imperio) influyó de tal manera en el acontecer mundial que en el siglo IX el papa san Gregorio dividiera en su célebre calendario gregoriano la historia de la humanidad en dos partes: antes de Cristo y después de Cristo. Además Jesucristo es también el único hombre que mediante referencias históricas se documenta que realizo el portento de morir y resucitar; sin mencionar los muchos otros milagros que le fueron atribuidos a su persona por diferentes escribanos antiguos que atestiguan haber presenciado estas maravillas.

Gracias a las ya mencionadas cualidades Jesucristo se convirtió en los últimos dos milenios en representante y profeta de muchas religiones y millones de fieles que lo consideran -erróneamente o no-, el Dios encarnado. Este hombre de mirada cándida y barba rala que vemos en tantas imágenes religiosas le dio también fuerza y razón a dos interesantes símbolos: la cruz y el manto de Turín.

Si analizamos la cruz descubriremos que incongruentemente los cristianos la adoran porque simboliza el sufrimiento que padeció Cristo para “abrir las puertas del cielo” y permitir a los hombres llegar a su padre Dios, el creador del universo... sin embargo la cruz no era más que un instrumento de tortura para los romanos, un símbolo de terror, brutal muerte e inhumano sufrimiento. Si traspolamos la idea e imagen de la cruz a nuestros tiempos podríamos imaginar que si Cristo hubiese nacido en los albores del siglo XXI y hubiera sido condenado a muerte en la silla eléctrica, los cristianos portarían cadenas con pequeñas sillas eléctricas como dijes sobre sus cuellos o colgarían en sus paredes sillas de este tipo para recordar la pasión de su amado líder. Parece inconcebible que gracias a su obra, la imagen de un Jesús ensangrentado, muerto y en apariencia derrotado en una cruz, le den a este objeto de tortura casi tanta belleza como la de una escultura del Buda gordo, sonriente, satisfecho y rodeado de niños alegres. Por absurdo que parezca, la sola imagen de Jesús es capaz de embellecer el horror.

Otro símbolo interesantísimo resulta ser el controversial manto de Turín o Sabana Santa, el cual supuestamente es una pieza de tela que envolvió el cuerpo de Cristo tras su crucifixión y debido a la sangre y sudor que habían bañado su cadáver la imagen se su rostro y cuerpo quedaron impresas en dicho lienzo que posteriormente fuera encontrado en la tumba vacía del nazareno después de su tan anunciada resurrección.

El manto que se encuentra resguardado en Turín, Italia, desde 1578 exhibe la imagen detallada del frente y la espalda de un hombre que fue crucificado de manera idéntica a Jesús de Nazaret según describen las Escrituras. Con el fin de determinar la razón por la cual esta extraordinaria imagen se imprimió en la sábana, se le han practicado más de 1000 investigaciones científicas de las más diversas especialidades y se le han tomado un número aproximado de 32,000 fotografías. Estas investigaciones han hecho de la Sábana Santa la reliquia más estudiada de la historia.

La tradición indica que los cristianos tomaron la sabana de la tumba vacía y la ocultaron secretamente durante siglos. La tela llegó a Constantinopla pero en 1204 según Robert de Clary, cronista de la IV Cruzada, “ninguno sabe qué ha sido de la tela después que fuera saqueada la ciudad". La Sábana desaparece de Constantinopla y es probable que el temor a la excomunión que pesaba sobre las cabezas de los ladrones haya propiciado su ocultación. Diversos historiadores suponen que la reliquia fue llevada a Europa y conservada durante un siglo y medio por los Templarios. Así que después de incontables peripecias novelescas que involucran robos, desapariciones, actos heroicos de quienes la protegían y un incendio que dañó parte del lienzo para la posteridad, la sagrada reliquia se establece en Turín hasta nuestros días.

Las manchas de sangre seca sobre la tela corresponden a un varón perteneciente al tipo sanguíneo AB (curiosamente el más común entre la raza judía) y según un estudio realizado por peritos forenses, se trata de sangre coagulada sobre la piel de un humano herido y vueltas a disolver al contacto con tela húmeda. En los residuos de sangre existe un alto contenido de bilirrubina, tal como se esperaría encontrar en la sangre de una persona que fuera sometida a la tensión de una tortura física. Lo impactante de estas pruebas científicas es la relación que guardan con el milagro eucarístico de Lanciano que tuvo lugar en el siglo VIII en la iglesia de San Legonziano. En este templo vivía un monje basiliano que dudaba de la presencia real del cuerpo de cristo en el vino y el pan eucarísticos; sucedió entonces que en pleno momento de la consagración la hostia se convirtió en carne y el vino en sangre. Mediante una investigación realizada en 1970 por el profesor Odoardo Linoli, profesor de anatomía e histología patológica de la Universidad de Siena, se concluyó que la carne en que se transmutó la milagrosa hostia corresponde a tejido miocárdico de un corazón humano y la sangre también humana pertenece a la de un varón del grupo AB (estos son datos puramente científicos que mi lector puede constatar).

Las pruebas de carbono 14 a las que ha sido sometido el manto de Turín revelan que este no tiene la antigüedad que debería tener para corresponder al momento histórico de la crucifixión de Cristo; pero algunos científicos explican que el incendio de Chambéry en 1532 dañó la tela y depositó sobre esta una gran cantidad de carbono en el área de donde se tomó la muestra para el examen que le fue practicado en 1988 y si a esto se aúna el hecho de que en las fibras de lino hay signos de crecimiento microbiológico, es de esperarse que los resultados arrojados por las pruebas de carbono catorce sean bastante imprecisos.

No obstante de la controversia científica que pone en juego la autenticidad de la Sábana santa, lo verdaderamente interesante es pensar en los estragos que provocaría el seguir indagando científicamente las muestras extraídas de esta tela. La imagen, vida y doctrina de Jesucristo es sin duda la más difundida en el mundo entero, partiendo de la consideración de que la Biblia es el libro más vendido y reproducido de la historia y la mitad de este libro (el nuevo testamento), narra a través de la visión de diferentes autores la vida y el impacto de la obra de Cristo. En el supuesto de que las muestras de este lienzo llegaran a manos de alguna secta o grupo fanático religioso semejante a los Raelianos (quienes por medio de una compañía llamada Clonaid, anunciaron el viernes, 27 de diciembre de 2002, haber clonado al primer bebé humano del mundo. Según la responsable de la empresa, Brigitte Boisselier, se trata de una niña a quien llamaron "Eva" que nació el jueves anterior por medio de una cesárea), y si como producto de su idolatría, ésta u otra secta semejante, intentara clonar al hombre del que se derramó la sangre que quedó impresa en el manto de Turín y peor aún, que la clonación fuera exitosa, ¿podríamos predecir las inconmensurables consecuencias que resultarían de traer al mundo a un ser que sería la copia física perfecta de quien se presume fue el cristo redentor de la iglesia católica-cristiana?

Fantaseemos por un momento. Imagina que se anuncia el nacimiento del supuesto clon de Jesucristo y este recién nacido crece rodeado de gente que lo trata como al cristo reencarnado y lo instruyen para que siga los pasos del original nazareno que vivió hace dos mil años. El mundo entero entraría en un estado de idolatría o repudio absoluto hacia este niño, habría quienes dirían que es capaz de hacer milagros y comunicarse con el Todopoderoso. Este clon sólo sería eso, el clon de un ser humano que aunque físicamente fuese perfectamente igual al hombre de quien se extrajo el ADN, mentalmente sería un ser nuevo con ideas y pasiones propias. Así es que este “niño divino” al llegar a la adolescencia podría convertirse en un líder de masas que sería capaz de controlar a gran cantidad de sectores de la población mundial e incluso podría derrumbar en gran medida los pilares de la iglesia católica (quizá la más extendida y económicamente más poderosa iglesia del globo) y todas aquellas de fundamento cristiano, pues la ignorancia de muchos hombres los llevaría a creer en las palabras de este nuevo cristo y no en la autoridad de un papa que seguramente no lo atacaría directamente pero sí se vería forzado a declarar que ese clon del redentor no es en verdad el Mesías que el pueblo ama, lo cual crearía una controversia y conflicto de opinión mundial que acarrearía un sin fin de enfrentamientos muy posiblemente de consecuencias destructivas como ocurrió en 1993 en Waco Texas en donde un maniático llamado David Koresh se proclamó a sí mismo como el cristo reencarnado y provocó una masacre en la que las víctimas fueron sus ciegos e ignorantes seguidores.

Si pensamos en la posibilidad de que el clon de Cristo fuera un hombre bueno e íntegro según los estándares de nuestra sociedad, probablemente y pese a la polémica, ayudaría a la comunidad internacional a dirimir ciertos conflictos que tienen su origen en arcaicas creencias religiosas. Incluso no podríamos descartar la posibilidad de que miles de personas gracias a su poder de auto sugestión fueran ante este apócrifo mesías e inexplicablemente fueran curadas de enfermedades incurables, lo que sería visto como un milagro ante los ojos de los creyentes. Lamentablemente es más probable pensar maquiavélicamente y confiar en la débil naturaleza humana que nos indica que un hombre en tales circunstancias tendería a la egolatría y terminaría por creerse el verdadero Jesucristo, por lo cual buscaría que sus ideas fueran acatadas como ley divina y seguramente desvirtuaría con sus hechos la doctrina cristiana que nos habla de amor y respeto entre nuestros semejantes. Si este clon se convirtiera en un abominable líder de multitudes muchos no cristianos dirían: “si así es el reencarnado, ¿qué tan peor habrá sido el verdadero cristo?” Y la imagen del nazareno se vería gravemente vulnerada en nuestros días.

A decir verdad no es mi intención teorizar ni escribir ficciones sobre las consecuencias que acarrearía al mundo el que el manto de Turín fuera declarado por la comunidad científica como el verdadero lienzo que envolvió el cuerpo del crucificado redentor y a partir de este hallazgo se intentara clonar a Cristo sino que simplemente quiero hacer pensar a mi lector sobre lo extraordinariamente influenciable que ha sido para nuestro mundo la figura de Jesús de Nazaret quien de manera metafísica predicó “la verdad os hará libres”; y si regresamos al inciso `b' del primer capítulo de este libro, releeremos que Dios es un ser infinito en amor y si creemos esto, entenderemos que ninguna tragedia o sufrimiento puede tocar nuestras vidas e incluso cualquier carga y deuda karmática de otra vida será melificada por la infinitamente amorosa misericordia de nuestro creador, pues nos hará libres de sufrimiento el conocer que: la verdad en el cosmos es que estamos gobernados por un Dios que nos ama incondicionalmente y sólo quiere que aprendamos de esta vida lo que significa existir en un estado material en donde nos resulta difícil percibir su presencia y lo que será estar frente a frente bajo su mirada omnipotente libres de materia y limitaciones por toda la eternidad gozando infinitamente de la dicha de estar junto a él, no piel con piel sino esencia con esencia.


XII
LOS CAÍDOS

Años he pensado e intentado dilucidar las razones por las cuales estoy aquí y el por qué no estoy con el ser que más me ama: Dios. Mas aún cuando soy defensor de mi propia teoría al decir que estamos en este mundo para valorar lo que el Todopoderoso nos regalará al estar en su presencia, me encuentro con un concepto que me inquieta y a decir verdad me llena de insana envidia: los ángeles. ¿Por qué he de envidiar a estos supuestos seres puros y perfectos? Porque Dios les dio todo sin pedirles nada a cambio. Ellos disfrutan gratuitamente de la dicha eterna, mientras que yo pago con lágrimas, sudor y sangre para conseguirla.

La idea de los ángeles o seres que gozan eternamente de la compañía y gracia del Señor a quienes el Padre envía para ayudar al hombre en su búsqueda del paraíso es una idea que comparten diferentes religiones: Judaísmo, Islamismo y Cristianismo además de muchas religiones derivadas o menos difundidas. Incluso el IV Concilio de Letrán afirma que Dios “al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana...” De estos seres han sido testigos los grandes profetas que de ellos han recibido auxilio, guía o protección. Se dividen en ángeles, arcángeles, principados, tronos, dominaciones, potencias, virtudes, querubines y serafines (según sostienen expertos en el tema). Desde el origen de los tiempos encontramos menciones sobre los ángeles anunciando la salvación, protegiendo a Lot, salvando a Agar y a su hijo, deteniendo la mano de Abraham antes de sacrificar a su primogénito, tropezamos con la historia bélica del arcángel Miguel quien combate contra Satanás y sus huestes demoníacas en el cielo; igualmente los encontramos conduciendo al pueblo de Dios, asistiendo a los profetas, guiando a los hombres de fe e incluso encontramos al arcángel Gabriel anunciando a la virgen María la llegada del Mesías.

Los ángeles son llamados indirectamente “hijos de Dios” en Job 38:7. Pero si los ángeles son Hijos de Dios y yo soy hijo de Dios, ¿por qué a ellos les regaló el universo y a mí me conminó a vivir en este universo material para vivir y aprender a valorar lo que algún día será el liberarme de la materia y gozar en su presencia? ¿Por qué a los ángeles, nuestros hermanos, no les exigió el Creador lo mismo que a los humanos? Al buscar una respuesta satisfactoria a estas interrogantes me encuentro de frente con dos historias bíblicas que arrojan luz sobre estos obscuros cuestionamientos: la rebelión de los ángeles y el destierro del paraíso de Adán y Eva.

“Echaron pues, al enorme monstruo, a la serpiente antigua, al Diablo o Satanás, como lo llaman, al seductor del mundo entero, lo echaron a la tierra y a sus ángeles con él.” (Apocalipsis 12:9). Así leemos que finaliza la rebelión de Lucifer en contra de Dios según san Juan... Al analizar este texto bíblico imagino a un Dios creando al universo y a los que por amor también creó para que gozaran la dicha de llamarse sus hijos. Imagino a un Dios abyecto creando ángeles buenos y ángeles con una semilla de rebelión a quienes espera expulsar de su gloria y convertirlos en demonios. No, en verdad quiero pero no puedo siquiera imaginar a un Dios de esta sucia naturaleza... lo que puedo imaginar es a un Dios regalándoles libertad a todos sus ángeles, para que sean libres incluso de amarle o no amarle, gozar de la felicidad desinteresada que les regaló estando ante su presencia o buscar su realización individual intentando ser ellos mismos dioses de otro universo. El arcángel Miguel y Lucifer no son diferentes, sólo tomaron decisiones diferentes. Dios no ama más a uno que al otro, a Miguel le sonríe y a Lucifer lo comprende. Al primero lo mantiene a su lado y al segundo lo “libera” de su presencia regalándole un universo material en el cual él podrá buscar crear su propio universo, en el que aprenderá los efectos y obscuros frutos del desamor, un lugar en el que comenzará a valorar lo que tuvo y libremente rechazó. Lo arroja a la Tierra a aprender. ¿Y mientras tanto en dónde estamos los humanos? Simplemente no existíamos hasta antes de esta rebelión. Primero fue la rebelión de los ángeles y Lucifer y luego fue la seducción de la serpiente (el demonio), a la primera mujer (Eva). Pero pareciera más que en lugar de ser la serpiente la personificación de Satanás, la serpiente es símbolo de la misma “curiosidad u ociosa libertad” que llevó a Luzbel a rebelarse contra su creador... prácticamente tanto Lucifer como Adán y Eva quisieron parecerse a Dios. Tanto en el paraíso celestial como en el paraíso terrenal (el huerto del edén) los hombres y los ángeles lo tenían todo y gozaban de la compañía del Creador. De la misma forma los ángeles desobedientes y los primeros padres insubordinados, fueron expulsados de sus respectivos paraísos. ¿¿¿Para qué la innecesaria creación de dos paraísos dentro del mismo universo??? Y peor aún, meditando sobre este cuestionamiento, me aberra pensar en la justicia de un Dios enconoso que no sólo condena a los infractores sino también a todos los descendientes de éstos, ¿en tal caso qué culpa tendría yo de que mis primeros padres pecaron, por qué me condenó Dios a nacer alejado de su presencia si antes de existir jamás lo desobedecí?

Pero la mayor incógnita, si seguimos con la misma línea lógica sería: ¿en el universo existimos ángeles, demonios y humanos o sólo ángeles nobles y ángeles rebelados? Resultaría imposible concebir a un Dios de infinito amor que por un lado crea a seres angelicales a quienes les da la dicha sin pedirles nada a cambio y por otro lado a seres terrenales a quienes nos exige llevar una vida virtuosa para poder merecer estar a su lado. Los ángeles no son mejores que nosotros, quizá sí son más sabios pero no más amados por Dios; ni tampoco es cierto que los ángeles sean seres puros incapaces de optar por lo malo, porque de tener esta incapacidad jamás se habrían rebelado.

Antes de dar mi respuesta a estas incógnitas quiero hacer mención de un suceso bíblico que de manera muy semejante describen Mateo, Marcos y Lucas. Estos tres evangelistas hablan de un encuentro entre Cristo y un hombre poseído por demonios a quien el Mesías libró de estos espíritus malévolos que lo atormentaban. Quien me parece más claro en su narrativa es Marcos quien en el salmo 5, versículo 9 escribió: “Y como Jesús le preguntó [al espíritu que poseía al hombre] : << ¿Como te llamas? >>, contestó: <<Me llamo Multitud, porque somos muchos.>>” Cabe mencionar que según el texto bíblico los demonios inmediatamente reconocieron a Jesús y lo llamaron “Hijo de Dios altísimo”, pero lo que me sacude es que tanto Marcos como Lucas coinciden en que Cristo le preguntó al endemoniado (Mateo refiere que eran dos hombres endemoniados y no uno), o mejor dicho, le pidió al demonio que este hombre llevaba dentro que le dijera su nombre. Tal parece que Cristo después de escuchar al demonio identificarse como Multitud, lo reconoció, pues no tiene ningún sentido lógico que le preguntase su nombre cuando de cualquier manera el saberlo no le hubiere llevado a identificarlo de entre un conjunto de estos seres, por lo tanto no encuentro más razón que el deducir que Cristo conocía a todos los demonios y los conoció porque todos, tanto los demonios como el propio salvador de los hombres estuvieron juntos en algún momento en el mismo lugar: el paraíso inmaterial. Así es que esto nos revela que existe una razón además de la visión de san Juan de que sí hubo una rebelión de ángeles y que estos fueron arrojados a la Tierra. Cristo en un gesto amoroso y compasivo, a estos demonios llamados en conjunto Multitud no los condenó a regresar al infierno, lo cual es una prueba más a mi favor de que este lugar no existe, sino que Jesucristo les permitió a estos espíritus entrar en los cuerpos de unos cerdos que se encontraban cerca del lugar, lo cual también refuerza mi teoría de que un ser o espíritu consciente de su propia inteligencia por y razón de adquirir el aprendizaje necesario para valorar la gloria de habitar en el paraíso, puede encarnar en un ser inferior al ser humano como lo es un animal, para adquirir la parte de ese aprendizaje que únicamente podría asimilar a través del cuerpo y los sentidos de un ser libre de prejuicios. Por lo tanto los cuerpos materiales evolucionados o no evolucionados, son sólo vehículos de seres espirituales inteligentes que los utilizan para cumplir con su misión de aprendizaje continuo.

Pero retomando el tema sobre cuántos tipos de seres conscientes de sí mismos existen en el universo, si verdaderamente son tres (ángeles, demonios y humanos) o solamente son dos (ángeles nobles y ángeles rebelados); creo que la más extraordinaria conclusión a la que mi larga, exhaustiva y apasionada investigación me ha llevado es a creer fervientemente en la siguiente declaración que en sí es la gran conclusión a la que he llegado con mi análisis de hechos, documentos y testimonios y que en esencia es la idea medular de mi teoría omni-salvacionista:

Los seres humamos somos los ángeles expulsados, los ángeles que se rebelaron y a quienes la infinita misericordia y amor del Dios omnipotente, en lugar de condenar a la inexistencia, nos dio la oportunidad de existir en un universo material en el cual aprenderemos a comparar la abismal diferencia que existe entre estar ante su presencia o aparentemente estar alejados de él; un universo material en el cual llegaremos a valorar lo que por nuestra libre voluntad rechazamos y de momento perdimos, pero que al final de nuestro aprendizaje y despertar de conciencia a través de vidas consecutivas recuperaremos, pues siendo seres infinitamente amados por el Señor, tenemos un sólo destino común: todos, Todos, TODOS los que nos rebelamos regresaremos al paraíso ante la presencia de nuestro creador para ser felices por toda la eternidad.

Esta es mi teoría, no la verdad absoluta sin embargo...

Antes de cerrar este libro, imagina que tu vida es semejante a un juego de ruleta en la que a veces ganas pero en muchas otras ocasiones pierdes. Tú hasta hoy has jugado con miedo. Pero a partir de este día, te invito a cambiar tu forma de ver el futuro y pensar que Dios, el Dios de absoluto e infinito amor que te creó a ti, ángel caído, te ha hecho sin que lo supieras la siguente promesa:

En tu vida (tu juego de ruleta), arriesga todo cuanto tengas sin ningún temor, porque al final de tus días, todo daño o pérdida que hayas sufrido te será recuperado, te será resarcido y todo cuanto ganes se quedará en ti... tu sufrimiento habrá de ser aliviado y el placer vivido jamás será borrado. Vive con esta esperanza y aprende lo que viniste a aprender para que regreses al paraíso del que saliste y nunca mas lo vuelvas a perder.

Ahora querido y paciente lector ya no tengo nada más que decirte.

A partir de este momento puedes cerrar las páginas de este libro y si así lo deseas ¡comenzar a vivir la segunda parte de tu vida!

Jousín Palafox Silva

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