EL BOHEMIO Y EL DANDY

Jousín Palafox Silva

III

Bueno, bueno, que le parece si empezamos por el principio. Le voy a contar como fue que conocí a Artemio. Mire Don Emanuel, la verdad es que no me acuerdo si era sábado o domingo. Lo que sí recuerdo muy bien y tengo clarito en la memoria es que ese día hacia mucho calor y eran como las dos y media o tres de la tarde.

La cantina ya estaba abierta y yo, uno de mis hijos cuates —porque sépase que tengo tres hijos hombres y dos de ellos son cuates y por cierto ahora que me acuerdo luego recuérdeme de contarle una anécdota buenísima que uno de mis hijos se aventó por culpa de este Artemio. Pero bueno, el caso es que yo, uno de mis hijos cuates y algunos empleados ya estábamos acomodando todo para comenzar a servir. Estábamos picando hielo para poner a enfriar la cerveza en las hieleras de fierro que usted ve allí, porque en temporada de calor los refrigeradores no se dan abasto; otros estaban barriendo, otros trapeando, moviendo las sillas, acomodando las mesas y algunas de las muchachas ya estaban apalabrando uno que otro cliente que a esa hora del día y con tanto méndigo calor ya habían llegado.

La cosa es que ya había música en la rocola, porque los que hacen el show llegan hasta las diez de la noche, pero la rocola pues prácticamente trabaja todo el día. Pero bueno, el caso es que ya se estaba ambientando el ambiente cuando se acabó la música de la rocola y para que no se quedara sin ruido la cantina, le dije a uno de mis empleados que le echara otra moneda... y luego este canijo y una mesera que ya no trabaja aquí, se empezaron a bronquear para escoger las canciones que querían ponerle a la cochinada esa. Entonces que ya me tenían enfadado y ya iba yo a gritarles para que dejaran de discutir, cuando de repente escucho que se azotan las puertas de la entrada y cuando volteo para ver quien había entrado sintiéndose tan macho como para azotar las puertas de mi negocio, me quedé con la boca abierta. No va usted a creer Don Emanuel que lo que vi fue a un hombre parado allí enfrente totalmente desnudo de pies a cabeza. Recuerdo incluso que tenia las greñas todas despeinadas, estaba manchado como de tierra o lodo por todo el cuerpo y alcancé a ver que tenía algo de sangre en la boca.

Cuando todos vimos eso nos quedamos todos callados. Yo pensé que aquel tipo estaba loco o algo así, porque en lugar de taparse sus partes, volteaba a todos lados sin decir una sola palabra. Luego caminó despacio y se me paró enfrente de la barra y me dijo:

—¿Me da una botella de tequila por favor?

Entonces yo me asomé por encima de la barra para ver si mínimo traía zapatos o algo así, porque no se me ocurría que pudiera traer dinero para pagarme. Pero como que él se dio cuenta de lo que yo estaba pensando porque lueguito me dijo:

—No se preocupe, se la voy a pagar.

Entonces como que todos se rieron despacito y yo más por curiosidad de ver de dónde se sacaba dinero, que por otra cosa, le puse encima de la barra la botella de tequila más barata que vendo. Entonces él la agarró y yo me di cuenta que ni siquiera traía reloj para dejármelo en caso de que no tuviera para pagarme, pero en lugar de preocuparme por eso me fijé que traía levantada la piel de los nudillos y traía poquita sangre entre los dedos. Entonces como la de dije, agarro la botella y me dijo:

—Espéreme un momentito, ahorita se la pago.

Y se dio la vuelta con la botella en la mano y caminó hasta una mesa que estaba cerquita de la barra en donde estaban tres tipos que tenían poquito de haber entrado y se estaban tomando unas cervezas. ¡Ah!, porque no le dije que estos tipos habían entrado poquito antes que él y estaban muy escandalosos en la mesa trague y trague cerveza y cacahuates. Porque... bueno, mejor luego le digo quiénes eran esos canijos.

El caso es que se acercó a la mesa de estos tres tipos, se paró frente a ellos y azotó el fondo de la botella en la mesa y luego se las acercó y se las puso en el centro de la mesa y les dijo:

—Ya lo pensé bien. Aquí esta el trago que no les quise invitar, ahora ustedes devuélvanme mis cosas.

Y todos nos quedamos sin decir nada, porque sabíamos que esos canijos eran ratas y de volada entendimos que lo habían asaltado, pero nos llamó la atención que aquel hombre, aún estando encuerado, tuviera el valor o fuera tan estúpido para seguirlos hasta el bar, encararlos y pedirles tan decentemente que le devolvieran sus cosas. Mire Don Emanuel, uno que esta aquí todo el tiempo y sobretodo en este lugar conoce a medio mundo, pero si uno quiere meterse a poner orden o a querer dirigir a la gente, pues nunca saldríamos de problemas. Así que mejor uno se hace como que no sabe nada y deja mejor que cada quien resuelva sus problemas como pueda. Así que yo no dije nada. Y luego me fijé que el hombre éste estaba solo y no estaba armado, así que pensé que a lo mucho lo iban a sacar entre los tres de la cantina y le iban a poner otra friega allá afuera.

Pero bueno, el caso es que los que estaban sentados en la mesa se comenzaron a reírse de aquel pobre infeliz a carcajada abierta. Y unos a otros se preguntaban:

—¿Oye compadre, tu conoces a este tipo?

—¿No yo no? —le contestaba el otro.

—¿Y tu?

—No, yo menos.

—Oye compadre, pero míralo, pobrecito —decían—, mínimo dale un dolarito para que se compre calzones, no ves que anda muy desarropado.

—Pero al lo mejor tiene calor y así le gusta andar a él... mejor le invito una cerveza —le contestaba el otro.

Y el tipo encuerado no decía nada, nomás los escuchaba y los miraba. Y cuando ya terminaron de burlarse de él, él les volvió a decir:

—Por favor —porque hasta “por favor” les pidió las cosas, ¿usted cree? Por favor devuélvanme mis cosas y yo pago de mi dinero la botella —les dijo.

Entonces aquellos malandrines que se vuelven a reír de él. Y se decían entre ellos:

—Aguas compadre que aquí el amigo está medio loco, ¡no te valla a morder!

—No me preocupa que me muerda —le contestó el otro—, sino que me valla a querer “miar” encima.

Y se seguían riendo.

—Pero no, no creo que te orine, pues mira que apenas tiene con qué —y le señalaban sus partes al pobre hombre, pero no se crea, a él como que no le daba pena ni nada ¡eh!

—No compa —dice otro—, a lo mejor aquí el amigo viene de lugares más calientes y aquí le da frió y por eso se le hace chiquito el asunto.

Y seguían risa y risa sin tomar en serio al encuerado. A mí de verdad como que me dio lástima, pero ya de digo que ¿para qué me metía yo en problemas?

Entonces el muchacho éste —porque era muchachón, no crea que era viejo ni nada, todavía se veía bastante joven—, les vuelve a decir:

—Por tercera y última vez les pido que por favor me devuelvan mis cosas y dejamos la fiesta en paz. Yo no quiero problemas, pero no los voy a dejar que se queden con mis pertenencias, porque en mi cartera tengo papeles importantes que no puedo perder.

Entonces los tres tipos como que ya se quedaron medio serios, como que ya se estaban enfadando del sujeto y ya un poco más bravos uno de ellos de dijo:

—Sabe que amigo a mí nadie me amenaza, además nosotros no tenemos nada suyo, usted nos confunde. Y ultimadamente nosotros no sabemos ni quien chingados es usted.

Y otro le dijo:

—Sí y mejor ya váyase yendo y déjenos tranquilos porque nos va a hacer que le pongamos unas cachetadas y lo saquemos a patadas por estarnos enfadando.

Entonces en un tono más serio y como que más fuete el tipo éste les pregunta:

—¿Entonces no me van a devolver mis cosas, no me conocen... no saben quien soy?

—¡No! —le contestó muy fiera uno de ellos.

Y otro le dijo:

—A ver, por qué no nos refrescas un poquito la memoria.

¡Uy!, y nunca le hubieran dicho eso, porque como que sonrió poquito y les dijo:

—Muy bien, ahorita se las refresco.

Y entonces que se voltea, camina dos pasos hasta donde mi hijo estaba picando el hielo para la cerveza y diciéndole “compermiso”, le quitó el picahielos de las manos. Entonces aquellos pensaron que se les iba a aventar encima a quererlos picar y de volada quisieron pararse de sus sillas para defenderse y sacar sus navajas. Pero no va usted a creer lo que pasó. En lugar de amenazarlos con el picahielos, este condenado ¡se volteó con la barra de hielo en los brazos!, que pesaba como veinte kilos o más y aquellos canijos pues no se la esperaron y en menos de lo que pudieron reaccionar, aquel tipo les aventó encima la barrona de hielo y de un fregadazo, así sin más ni más, tumbó a dos cabrones al suelo y los dejó como noqueados.

Entonces el tercero, rápido volteó a ver a sus amigos y al verlos desmallatados en el piso en medio de pedazos de hielo, como que quiso levantarse bien de su silla mientras se llevaba una mano a la bolsa del pantalón —pues le digo que según yo, estos gueyes traían navajas. Pero antes de que pudiera pararse, volvió a sentarse, porque al voltear a ver al tipo del hielo, sintió que el picahielos ya lo tenia presionado contra el cuello.

No Don Emanuel, todos pensamos que se lo iba a atravesar en la garganta. Y el ratero éste, nomás levantó las manos y se puso pálido pálido, como que sentía que ya se lo había cargado la huesuda. Y el otro tipo, el encuerado, no decía nada, nada más lo veía y respiraba fuerte. Se notaba que estaba enfurecido. Entonces el malandrín, le pidió que no le hiciera nada, le pidió que se tranquilizara —haga de cuenta que parecía una vieja. Y le dijo que él le iba a regresar sus cosas pero que por favor no lo matara. Entonces despacito, muy despacito se llevó la mano a la bolsa de la camisa y sacó una cartera como café o amarilla y se la extendió al del picahielos. Pero el tipo éste no la agarraba y seguía presionando el picahielos en el cogote del otro. Entonces en lugar de tomar su cartera por la que tanto había peliado, con la mano izquierda —que le quedaba libre—, agarró la botella de tequila que en medio de la trifulca nomás se había tambaleado en la mesa pero que nunca se calló y con una sonrisa en los labios le dijo al otro cabrón:

—¡Aquí tienes tu trago!

Y le estrelló la botella en el hocico al maricón aquel. Yo nomás vi que aquel guey calló bañado en sangre en el piso y clarito vi que escupió como tres o cuatro dientes antes de quedar desmayado entre los vidrios, los trozos de hielo, el tequila y su propia sangre. Algunas muchachas hasta gritaron de miedo y dijeron “!ya lo mató!”. Yo no creí que lo hubiera matado, pues ya había visto en otras ocasiones que a alguien le rompieran una botella en la cabeza y no pasaba de un descalabro, pero le juro que nunca había visto a alguien que le dieran un chingadazo como ese y discúlpeme que sea tan grosero frente a usted Don Emanuel, pero en serio que ese no fue un golpe así nomás, fue un chingadazo pero de los buenos, casi casi como el que se llevaron los otros pobres idiotas con la barra de hielo, porque ese también fue un madrazo en seco. Y le repito que me disculpe por ser tan grosero pero es que si usted hubiera estado allí, diría lo mismo.

Pero bueno, cuando reaccioné nada más vi que el tipo éste estaba quitándole la camisa y los pantalones al que le dio con la botella. Se puso rápido el pantalón del fulano, dejándolo en puros calzones; medio se abrochó la camisa, recogió su cartera del suelo y se acercó a la barra conmigo. Yo sin saber que hacer y por si las dudas di un paso hacia atrás y él, como si nada hubiera pasado me preguntó muy tranquilo que cuánto costaba la botella. La mera verdad no me acuerdo ni cuánto le dije, pero lo que si recuerdo es que sacó unos billetes de su cartera y me dio como cuatro veces más de lo que yo le dije. Y lo que se me hizo curioso es que se acomodó el cabello y luego me sonrió y me dijo:

—Lamento mucho lo sucedido, pero en verdad necesitaba recuperar mis papeles.

Yo no le dije ni sí ni no, ni nada. Yo lo que quería era que se fuera antes de que se hiciera más grande el lío. Entonces él se dio la media vuelta, se quedó parado un momento, le sonrió a todos los demás allí presentes y se volvió a disculpar con ellos por lo sucedido y se fue tan tranquilo como si nada hubiera pasado.

Y así fue Don Emanuel por increíble que parezca que conocimos a este hombre a quien luego aprendimos a querer y a respetar, a nuestro admirado poeta —que en paz descanse: ¡Artemio!


CAPÍTULO ¿?

Después del tiroteo, en el marco de la puerta se dibujó una silueta obscura que avanzaba lentamente con un caminar sombrío y pesado. Al llegar al límite de la banqueta un farol amarillento iluminó el rostro del que parecía ser el vencedor de la contienda que habían sostenido dos caballeros en pos de redimir una justificada pero no obstante vil traición.

Los impávidos espectadores del trágico desenlace pudieron ver que el hombre que emergía de entre las tinieblas era algo así como un Jean Carlo, pues tenía su cara y su mismo cuerpo, pero la mirada era de muerto... tenía los ojos húmedos, turbios, enrojecidos y el resplandor de estos se encontraba ausente.

Este hombre se detuvo frente a la muchedumbre que aguardaba enmudecida a las afueras del departamento. Entonces la voz de una mujer advirtió horrorizada:

-¡Está armado!

En ese instante todos advirtieron que sostenía una arma de fuego en cada mano a la altura de sus muslos; pero también pudieron observar que prácticamente se encontraba bañado en sangre desde el abdomen hasta las rodillas e incluso el cañón del revolver que llevaba en la mano derecha estilaba una espesa y obscura gota de sangre que al escurrirse por el brillante metal se derramaba hacia el suelo y al salpicar sobre el concreto parecía que con su tétrica sincronía marcaba los segundos.

La gente no sabia si ese hombre era un asesino o solamente un desdichado que por orgullo esperaba de pie a la muerte. Su respiración se escuchaba lenta, profunda y cansada... entonces enfocando la mirada contempló a la gente que lo rodeaba y entreabriendo los labios resopló ligeramente como intentando en susurros decirles algo muy importante, pero en vez de palabras a lo largo de aquella calle apenas iluminada por tres débiles faroles y la luna, se escuchó el agudo llanto de las sirenas de dos patrullas que dando la vuelta a la esquina, aparecían de entre la nada y con un violento rechinido de llantas se detenían al lado de la multitud.

Rápidamente descendieron de los recién llegados vehículos cuatro policías armados que abriéndose paso entre la gente y viendo al hombre a rededor del cual se hallaban congregados, en lo que pareció una reacción casi instintiva, mientras le apuntaban, a gritos le ordenaron que soltara los revólveres y pusiera lentamente las manos sobre la cabeza.

La gente asustada se apartó un poco del lugar y los cuatro policías con semblante amenazador se acercaban muy despacio al supuesto delincuente.

Durante unos segundos el ambiente se sentía pesado y parecía que nadie se movía, parpadeaba ni respiraba. Solamente el soplar insolente del viento frío interrumpía el escenario sobre el que todos esperaban con obsceno morbo ver más sangre derramada.

El hombre amenazado, viéndose superado en fuerza y número así como aparentemente muy mal herido, en un acto de sensatez dejó caer la pesada carga metálica que sostenía en cada mano.

Sin dejar de apuntar, uno de los policías le ordenó:

-¡Empuje con los pies las dos pistolas hacia nosotros y llévese las manos a la cabeza!

Pero el hombre inerme no se movía... sólo agachó la cabeza y guardó silencio.

Una vez más el policía repitió la orden, sin embargo la respuesta fue la misma: aquel sujeto se negaba a obedecer o simplemente no podía hacer lo que se le solicitaba.

Fue entonces que uno de los cuatro policías se aventuró a acercarse para recoger los dos revólveres pero en ese preciso momento Jean Carlo levantó violentamente la cabeza y con voz potente, ronca y casi desgarrada dijo: “Lo que acabo de hacer no sé si Dios lo perdone, pero al menos sé que yo mismo nunca me lo perdonaré!”

Al instante el policía que había intentado acercarse dio un salto atrás y nervioso volvió a apuntar su arma contra él.

-De cualquier manera -continuó Jean Carlo-, hoy lo he perdido casi todo... lo único que me queda es mi libertad.

Dando un paso al frente se acercó valerosamente a los policías y señalando a cada uno de ellos con la mano derecha, continuó diciéndoles:

-Todos ustedes con seguridad tienen algo por qué vivir... yo ya no. Lo mismo me da morir que seguir viviendo, pero ya pasé algunos de mis mejores años de vida en prisión y me juré a mí mismo que si habría de morir al menos moriría siendo libre.

De manera sorpresiva sacó del bolsillo trasero de su pantalón, una delgada navaja y dando otro paso al frente concluyó con una seguridad y firmeza que no dejaban lugar a dudas:

-Si quieren apresarme deben estar de una vez dispuestos a matarme. Pero si al hacer el primer disparo no me matan, al instante les juro que yo me lanzaré sobre ustedes y con los últimos segundos que me resten de vida, sin ningún remordimiento y con profundo placer hasta que se me acaben las fuerzas intentaré llevarme al infierno a todos los que pueda. Así es que mejor enfunden sus armas y déjenme ir o comiencen a disparar y que sea el destino el que decida a quiénes en esta noche se les termina la vida.

Todos los presentes pudieron ver palidecer a los oficiales que vacilantes se miraban unos a otros sin acertar decir nada.

Jean Carlo con los brazos entre abiertos, la espalda ligeramente encorvada y el resplandor de la hoja de la navaja sobre la cara, pacientemente esperaba. Tenía la cara salpicada de sangre, las fosas nasales expandidas. Sus labios entreabiertos dejaban asomar los dientes en un gesto propio de una fiera que prepara sus quijadas para desmembrar a su presa. Todo en él era amenazador, pero su mirada era aún más escalofriante, pues en sus ojos no asomaba rastro de temor o duda y el reflejo natural de sus pupilas había perdido incluso su último rastro de humanidad... se sabía perdido pero el daño y dolor que aún pudiera causar serían bienvenidos.

Los policías sabían a qué se enfrentaban, pero no cómo enfrentarlo y por eso sus corazones latían con fuerza tal que sentían que les iban a desgarrar el pecho. Era el horror de enfrentar la muerte propia por salvaguardar una causa ajena que aun sabiéndola como su obligación no les dolía ni les preocupaba defender realmente.

Por un eterno minuto o quizá dos, los cinco hombres que en verdad no deseaban la muerte, se miraban unos a otros. Finalmente uno de los uniformados dio un paso hacia atrás... luego otro paso más y luego un tercero y sin dejar su pistola, torpemente con la mano derecha abrió la puerta del chofer de una de las patrullas e introduciéndose a ésta prendió el motor y con un quemón de llantas ante el asombro de sus compañeros y la mirada absorta de los testigos, desapareció en la avenida contraria a la esquina por la cual habían entrado a la calle.

En cuanto las luces de la patrulla desaparecieron en la esquina, otros dos policías bajaron sus armas y sin volver la espalda subieron a la segunda patrulla, pero al ver que el último de ellos continuaba firme frente a Jean Carlo, encendieron el motor de su unidad y muy lentamente se alejaron como esperando a que su compañero se decidiera alcanzarlos.

En breve la última patrulla se desapareció entre las sombras, pero el policía restante no retrocedía un solo milímetro; continuaba con los brazos extendidos y las manos bien puestas en la cacha de su arma.

Jean Carlo y el oficial se miraban a los ojos entablando un duelo de miradas como esperando el más breve parpadeo para arrebatarse el alma. La multitud aguardaba en sepulcral silencio y lo único que pudo interrumpir aquel mar de serenidad fue el metálico chasquido del revólver del policía que con el pulgar derecho amartilló su arma.

Todos pudieron ver cómo el valeroso policía apretó los dedos y cerró el ojo izquierdo apuntando directo a la cabeza de Jean Carlo. Las Mujeres se llevaban las manos a los ojos o a la boca y los hombres apretando los labios esperaban el estallido de la pólvora.

Jean Carlo a su vez apretó con fuerza el mango de su navaja y conteniendo la respiración contempló al hombre que habría de arrebatarle la vida. Lo miró justo en medio de los ojos y desde lo más profundo de su corazón le sonrió apaciblemente. El “Dandy” no deseaba la muerte, pero con este gesto secretamente le expresaba al oficial que si disparaba se lo habría de agradecer.

El policía comprendió el mensaje y pensó que un hombre así no merecía morir si no se le enfrentaba en igualdad de circunstancias. Era una vergüenza encarar con un revólver a un hombre que teniendo dos pistolas a sus pies, prefería enfrentarse con una frágil navaja.

Fue entonces que el policía con mucho cuidado bajó el arma y regresando el martillo de ésta a su posición original, la guardó en la funda de su cinturón y sin pronunciar palabra le hizo a su rival un gesto con la mirada como ordenándole que se retirara, que huyera mientras aún tenia tiempo para hacerlo.

Jean Carlo hizo una venia con la cabeza en señal de agradecimiento y en un acto que pareció más de caballerosidad que de sensatez, dejó caer al suelo la navaja. Retomó entonces la posición erguida que lo caracterizaba, se limpió sobre los costados de la camisa la sangre coagulada y viscosa que cubría sus palmas y lentamente abría y cerraba los dedos entumecidos de la mano con la que por varios minutos sostuvo su arma. Luego contempló a la gente, contempló la luna y volteó a ver la puerta del departamento en donde a partir de aquel día dejaría los más gratos recuerdos de la segunda mitad de su vida... paso a paso se abrió camino entre la gente y poco a poco desapareció entre la penumbra de aquella noche a partir de la cual ninguno de sus testigos habría de volverlo a ver jamás.

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